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Si, como escribió una vez Thomas Fuller, “todo es muy difícil antes de ser sencillo”, Sergio Rodríguez ya entró en una fase en la que lo más cómodo es ser decisivo y el camino más corto, la magia. Como si todo lo duro, las dudas, las expectativas sin cumplir o los sueños agridulces, fuesen parte ya solo del pasado.

Los números pueden gritar cualquier cosa. Los números pueden jurar en arameo. Los números pueden decir que hubo hasta tres jugadores con idéntica o mayor valoración que el canario, pero el baloncesto siempre fue idioma de juego y no de cifras.

 

ACB Photo / A. Martínez

 

 

Y en cuanto juego, al menos en el primer partido de los cuartos entre Real Madrid y Blusens Monbus, el Chacho fue el rey. El segundo cuarto, su corona. El base ya avisó al entrar en los compases finales del primer periodo con un coast-to-coast espectacular que murió con la falta de Junyent. Fue como si, mientras se pasaba en carrera el balón entre sus piernas, les dijese a todos sus rivales que el encuentro iba a ser suyo. Lo fue.

Ocurrió en el segundo cuarto, allá cuando decidir, aún tan lejos del final, parece pura quimera. La primera escena, una canasta regalada desde la mismísima nada a Felipe Reyes. A la siguiente jugada, intento de triple, salto y en el aire, como si el tiempo fuese más lento cuando a él le da por inventar, cambio de planes y asistencia a Felipe que, otra vez él, se vio obligado a encestar cuando le salía del alma era aplaudir. Segundos más tarde, un pase más terrenal a Carroll para el 2+1 de Jaycee que confirmaba el despegue blanco. Se cerraba el telón.

Segundo acto, siempre en el segundo cuarto. Adicto al contraataque, a la carrera, a cambiar el encuentro de revoluciones y hasta de concepción, en plena cabalgada bota, mira a la izquierda, dirección la grada y, sin dejar de correr, asiste a Rudy Fernández, que pone a los suyos con 10 de ventaja. Siguiente flash. Coge el balón en su propia zona, atraviesa el campo, amasa el balón, lo siente suyo, se acerca a la zona, da un paso atrás, prueba el tiro literal y anota.

 

Su tercer chispazo haría que todo saltase por los aires. Robo en mitad de la pista y, en lugar de contemporizar o de jugar con el tiempo y la ventaja, un impulso que le pide jugársela y pasar el balón de un lado a otro de la cancha. Mirotic espera debajo del aro y convierte para poner un 48-33 con sabor, orgullo y embestidas visitantes a un lado, a sentencia. Se volvía a cerrar el telón.
 

 

ACB Photo / A. Martínez

 

 

Hubo más. Penetraciones pasándose el balón en el aire por la espalda, un triple, algún guiño más de magia en forma de pase o más carreras entre la locura y la serenidad, pero el choque ya nunca fue el mismo tras sus dos actos determinantes.


Y es que, como partes de su obra, existieron dos partidos. Uno de 16 minutos, sin Sergio Rodríguez, que se llevó el Blusens Monbus por 30-32. Otro, con el canario volando en pista durante 24 minutos, con 60-43 para su Real Madrid. La sencillez de dos momentos.

 Daniel Barranquero

@danibarranquero

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