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Buenas una vez más,

 

Me reengancho a la narración de esta temporada tras la Navidad. Para muchos un período más de cenas de equipo y pachanguitas en los entrenamientos que, propiamente dicho, duros entrenamientos. Ahí, no os voy a engañar, en mi club mantuvimos la tradición. No faltó la pachanguita donde los entrenadores llevamos nuestro talento de la teoría a la práctica. Como es evidente después de tanto tiempo sin jugar estaba algo más que oxidado. Por suerte si yo lanzaba un pase a las nubes mi compañero Román lo pillaba en la clásica jugada "pincho" que, efectivamente, viene en homenaje a Andrés Montes. De lo que no me salvé fue de mis pases fallados y triples sin sentido, pero es que claro como me voy a jugar con la camiseta de Stephen Jackson ¡El espíritu de su camiseta me invadió!

 

Hasta aquí todo normal, pero de ahora en adelante fue algo ligeramente diferente. En primer lugar porque he estado pegado a una silla y a un ordenador todas las navidades dale que te pego con trabajos del curso de entrenador. Es lo bueno y lo malo que tienen los cursos a distancia, no tienes que ir a clase... porque la clase la tienes en casa. Total que al final he acabado del "playbook" hasta los mismísimos... triangulitos, jejeje.

 

Y para rematar mi sobredosis de baloncesto, en estas fiestas, además, campus y entrenamientos con el Ciudad Ros Casares. Sí, como lo oís, por mor de tener que hacer prácticas en el curso, yo y mi compañera de club Maribel, solicitamos hacer la formación continua con la primera plantilla del club. Desde luego que nos parece mucho más interesante y práctico ver como se gestionan entrenamientos y la preparación de un partido a asistir a unas charlas o clínics que, quien más o quien menos, ya ha estado en unos cuantos o ha visto en DVD.

 

Gracias a la amabilidad de Carme y David y con la colaboración de Andrea y los técnicos Roberto y Toni, pudimos seguir los entrenamientos del equipo justo antes del primer partido del año y en la semana en la que se incorporó Maya Moore.

 

Imagen Ciudad Ros Casares

 

Qué deciros de los cambios entre un equipo profesional y cualquiera de los equipos que nosotros, en la base o en categorías menores, podemos llevar. Sinceramente, los entrenamientos y sistemas no me parecen que estén fuera del alcance de unos profesionales con ganas de aprender, pero lo que sí noto la diferencia es en la capacidad de las jugadoras para asimilar conceptos.

 

Asistimos a varias sesiones y la más enriquecedora desde luego fue la táctica. Ver cómo ejecutan sistemas, trabajan transiciones y desde la banda se fomenta la creatividad me parece espectacular. En nuestros niveles cuesta horrores que ejecuten sistemas algo complejos (perdonadme pero es que a mí me tira mucho la táctica), pero aún más que rompan los sistemas y creen algo de la nada. En las profesionales es muy diferente, pero claro todo es más fácil si en la pista tienes Laia Palau, Sílvia Domínguez, Lauren Jackson, Sancho Lyttle... o Maya Moore.

 

Desde luego que lo de esta chica nos impresionó desde el primer día. Por si no lo sabéis es la número uno del draft y talento tiene para dar y repartir pero lo que más nos llamó la atención a Maribel y a mí fue la intensidad que mostraba en cada entrenamiento. Como entrenadores ver la actitud y predisposición al trabajo con la que se mostraba me parecía encomiable.

 

Dentro de la formación vimos como se programaba la semana de trabajo para afrontar el partido y pudimos seguir de cerca ese encuentro. Siempre me fascinan los sonidos del baloncesto, tanto cuando se ve en la tele con los micros a entrenadores como cuando tengo la suerte de estar cerca de un banquillo. Un encuentro tiene muchas intrahistorias y como entrenadores también aprendemos cómo llevar un partido y gestionar encuentros viendo a compañeros.

 

Desde luego que fueron unas sesiones largas (se entrenó en nochevieja y año nuevo) pero, como estudiantes de la materia, desde luego que merece la pena tener la oportunidad de ver la profesionalidad con la que trabajan jugadoras y entrenadores de primer nivel.

 

Y así fueron las navidades, entre apuntes, programas informáticos y los entrenamientos en la Fuente de San Luis... No sé si de todo ello aprendí algo, pero el primer partido del año lo ganamos y ya nos hemos asegurado ser terceras de grupo, que es el mejor récord que hemos tenido en los tres años que estamos Román y yo llevando al equipo júnior... Esto lo dejo caer por si los directivos del club tienen a bien recompensarnos con un aguinaldo postrero jejeje.

 

La psicología en el deporte. Seguro que muchos lectores habrán leído algo sobre ella, quizá incluso sus bibliotecas particulares luzcan libros que versan sobre esta materia pero ¿hasta qué punto influye la mente en un deportista? Y es más ¿de qué manera un entrenador puede influir en un grupo?

 

Desde estas líneas voy a exponer mi punto de vista, el cual, como es lógico, poco tiene que ver con la ortodoxia del baloncesto. Desde luego que no se tratará de sentar cátedra con lo que aquí diga, pero me daré por satisfecho si alguien reconoce lo aquí expuesto y algún temerario decide poner en práctica lo comentado.

 

De primeras debo reconocer que soy un psicólogo confeso. Creo absolutamente en el poder de la mente de las personas y quizá sea por mi escaso bagaje técnico-táctico pero soy un apasionado de la faceta psicológica de los entrenadores. De hecho yo tengo una máxima y es que un entrenador tiene una escasa capacidad de influencia en los grupos. Sinceramente creo que un mal entrenador puede hacer mucho daño a un grupo, pero un gran entrenador influye menos en un grupo.... pues bien esa moderada influencia estará íntimamente ligada a la habilidad del técnico para influir en la mentalidad y la capacidad de respuesta emocional de sus jugadores (en mi caso jugadoras).

 

Siempre he sido un apasionado de los entrenadores de grandes discursos, posiblemente esta devoción venga de mi poca capacidad para la oratoria. Muy cerca tengo a una entrenadora que con pocas palabras logra grandes locuciones y la admiro por ello, pero a mí me cuesta mucho y debo fijarme atentamente en estas personas que tienen un brillante don para dirigirse a grupos.

 

Dicho esto, siempre he practicado mucho la palabra, confieso que hace años mis entrenamientos perdían mucho dinamismo porque hablaba más de la cuenta. En tono de broma ahora digo que he pasado de los 30 minutos de charla a los 30 segundos de discurso. Como cualquier faceta de la dirección del equipo, intento aprender.

 

También tengo mis truquillos pues aunque mis jugadoras piensan que me preparo las charlas como un psicólogo, no es cierto. Sólo marco un leitmotiv de la conversación, lo demás es improvisación como un buen monologuista.

 

Y es que me encanta buscar temas para motivar. Estuve en el Eurobasket de 2009 y comprobé la capacidad que tiene un entrenador para motivar, vi como Sergio Scariolo preparó una charla antes de la final enfocándola sobre las dificultades separadas y no sé si aquellas palabras fueron o no el motivo, pero ya sabéis como se ganó aquel torneo. Admiro a gente como Scariolo, Mourinho o Guardiola pues con diferencias, pero todos sacan la mejor mentalidad de sus jugadores.... Y en edades de formación la mentalidad es fundamental.

 

 

 

 

Las y los jóvenes se despistan con gran facilidad, cuesta mucho motivarlas por ello es clave planificar retos y temas al igual que entrenamientos y partidos. Eso me pasó hace una semanas cuando teníamos por delante un partido muy importante. Nos medíamos a un rival contra el que perdimos cuatro veces el año pasado, dos de ellas por un punto y una por tres (la otra fue por siete). Era como un muro psicológico y planteé esa batalla desde la semana previa.

 

Antes teníamos a un rival imposible de ganar y como tal perdimos. Lo malo es que lo hicimos de la peor forma posible y eso me enfureció. Era la excusa perfecta para conseguir lo que quería: ponerles las pilas, y ésta se presentó sin buscarla. Las cosas se dieron de tal manera que yo, con mis palabras y enfado postpartido en el vestuario, me convertí en el foco del enfado del grupo.

 

Sé que se enfadaron por mis formas y desde el primer entrenamiento de esa semana quisieron tener reunión. Por uno u otro motivo la fui eludiendo y aumentando el cabreo y cuando llegó aquella reunión no di mi brazo a torcer. Me había encontrado la excusa perfecta para que el equipo sintiera un punto de unión y orgullo, debían de demostrar que, aquel que les dijo que no venía a hacer amigas, era un tonto y que iban a callarme la boca. En definitiva, era ponerme en su contra para motivarlas.

 

Lógicamente antes del partido la charla fue muy sencilla y básicamente se resumió en "pensáis que estoy equivocado, pues salid allí y cerrarme la boca". Me gustaría pensar que llegamos a ir ganando por 20 puntos antes del descanso por aquellas palabras, pero sería sobrevalorar mi capacidad de manipular mentes (por mucho que alguno se empeñe en decir que yo manipulo, jejeje). Supongo que después de esa semanita de cuchillos voladores y algo más que tensión en los entrenes, el equipo salió muy motivado y con el punto de acierto necesario para ganar. Ojo, luego casi nos remontan, pero habíamos trabajado tan bien durante 20 minutos que el partido se había decidido antes.

 

Al final del partido suelo comentar dos o tres cosas (nada técnico, para eso están los entrenamientos), pero aquel día sólo les dije que sí, durante una semana había sido el malo de la película (bueno, a decir verdad, dije algo más fuerte) pero que ahora ellas sonreían... y eso les debía hacer pensar un poco.

 

Sirva este ejemplo para muchos otros. Creo que nosotros los entrenadores debemos jugar con la psicología del grupo, ser los más fríos en los planteamientos y distanciarnos de posiciones emocionales. Lo fácil en la formación es hacerse amiguito del grupo pero eso no es ser honesto con nuestro trabajo. Tengo claro que no quiero ser amigo de mis jugadores/as, sino que debe ser la honestidad de mi trabajo y forma de actuar la que hable por mí.

 

Este año tengo el orgullo de decir que algunas ex jugadoras vienen a entrenar con el equipo junior y ahora seguramente hablamos mucho más que hace unos meses cuando les entrenaba. No sé lo he preguntado pero quizá ahora me vean con mejores ojos, incluso puede que alguna piense en mí (en mi segundo tengo claro que sí, pero desde mucho antes) como un amigo.

 

Por cierto, como tampoco soy el ogro Shrek del baloncesto, la semana siguiente fue la del relax. Incluso jugué una pachanguita con ellas para que la que quisiera me diera un par de "palos" jugando. De eso se trata, de jugar al palo y la zanahoria.

 

La psicología es tan compleja que seguiré estudiando a los/las mejores, a los/las que tengo al lado como a los que están lejos para quizá algún día sí poder decir con orgullo que soy un psicólogo manipulador de colectivos.... de momento no paso de ser un mero aprendiz, jajaja.

 

De Katowice a Cuenca sin tiempo para pensar. Un día estaba pensando en las olimpiadas y casi a la semana siguiente hacía las maletas para viajar a Cuenca. Ciudad ésta que tendrá muchos encantos pero que creo que no se hubiera cruzado en mi camino de no ser por el baloncesto ¿Por qué digo esto? simplemente porque la segunda parte de mi verano tiene que ver con el curso de entrenador de nivel II que realicé en aquella ciudad manchega.

 

 

Por si alguien no lo sabe y está interesado hay tres niveles dentro de las titulaciones de entrenador. Todos conocen el título superior, el que te posibilita entrenar en la Liga Endesa, pero antes hay dos niveles (I y II) que te capacitan para poder entrenar equipos de diferentes categorías. Con el I, que es el que tenía, prácticamente puedes llevar toda la formación, pero poco puedes hacer en categorías senior. Así, después de varios años de pensarlo y ver que en mi comunidad no salía, decidí ir, junto a mi amiga Maribel, y probar suerte en un curso intenso con la Federación de Castilla La Mancha.

 

Recordando los tiempos de estudiante desempolvé mi mochila, saqué punta a un lápiz roñoso que tenía por casa y robé de la oficina un par de bolis (¿para qué más? pensé). Ya lo tenía todo para ir a Cuenca... y allí que me fui con mi super KIA (toma promo que hago a uno de nuestros patrocinadores, jejeje), road to Cuenca.

 

Y para no engañaros la verdad que el primer día es como el de todo estudiante que inicia un curso, con dudas y nervios por lo que estaba por llegar. Por qué sí, uno puede ser muy friki de esto y haber visto o vivido mucho baloncesto, pero una cosa es escribir de baloncesto y otra cosa es que te examinen de ello... y no las tenía todas conmigo. Además, como hace ya cierto tiempo que eso de estudiar lo dejé de lado, mi cagometro se disparó pensando solamente en la posibilidad de tener que hacer muchos exámenes.

 

Está opción pronto quedó desechada ya que la semana intensa estaba exenta de exámenes, sólo teoría y trabajos. Ahora bien quedaba una segunda incógnita por despejar ¿Qué nivel tendría el curso? Para no engañaros uno nunca sabe muy bien el nivel que tiene y bien podría ser un genio de la canasta (va a ser que no) o un paleto de pueblo. La tendencia catastrofista que me asume me inclinaba a esta última opción y más cuando en el curso había gente de Madrid, Fuenlabrada o Barcelona donde el nivel de los equipos suele ser bastante más alto del que nos manejamos aquí en Valencia.

 

Recuerdo la primera noche hablar hasta fundir la batería de mi móvil con Maribel sobre este tema. La verdad es que a ambos nos preocupaba estar al nivel de los compañeros pero pronto se vio que este temor también era infundado. De hecho entre los dos, en la amalgama de compañeros que había, pronto creamos el frente de resistencia al profesorado. ¿Cómo? Sí, os explico.

 

Suelo ser bastante mosca cojonera, alumno puñetero donde los haya que busca los tres pies al gato, no paro de interrumpir las clases... y más cuando me pican, jejeje. Por suerte nos encontramos a unos profesores que nos daban toda la libertad del mundo para participar en clase (es muy de agradecer que pese a ser simples alumnos nos trataran con respeto y atención en cada una de nuestras explicaciones). Ellos no lo sabían, pero esa fue su perdición.

 

Pronto me crecí como un burdo paquete que mete tres triples seguidos y se cree Jordan y al segundo ya estaba dando guerra, casi a cada oportunidad que tenía ahí estaba el frente porteño para dar la réplica a los sufridos profesores. Si profes como Gabi, Higinio o Kiko decían blanco, yo decía negro... y claro como coincidía con Maribel, pues ale yo que salía reforzado, me crecía por momentos y me lanzaba todo motivado a dar charlas. Algunas veces cuando se dejaban preguntas al aire ya nos miraban a los del Puerto a ver si dábamos réplica, sí la escuela porteña dejó huella en Cuenca... aunque sólo fuera por contestarios, jejeje.

 

Fuera de bromas es muy de agradecer que los profesores dieran rienda suelta a nuestra creatividad y no se pusieran en un pedestal. Podrían porque más conocimientos tenían pero su trato fue exquisito tanto en lo profesional como en lo personal. Recuerdo los cafés previos a clase, los paseos nocturnos y las charlas con ellos. Y como no me gusta hablar ni nada... yo en mi salsa, hablando de baloncesto, que tengo cuerda para rato y puedo aburrir hasta el más friki. Lo malo es que hasta los profesores me animaban y si no era uno era el otro el que me picaba (algo que no es muy difícil, para que engañaros)... hasta tengo a un profe en twitter!!!

 

La verdad es que el buen rollito que había con los profesores también lo había con los compañeros. Como buenos valencianos que somos, nosotros nos situamos a mitad camino entre el núcleo fuenlabreño y el de barceloneses. Era divertido ver la forma de plantear contenidos, de hablar, mal por supuesto, de las zonas (en Valencia le llamamos barraquera, mientras que en Tobarra y Castilla la Mancha, zonas baldoseras!!!). No con todos, pero nos echamos unas cuantas risas con el baloncesto como telón de fondo.

 

Recuerdo especialmente la frase del gran Gon en mitad de una clase de anatomía. Ahí, entre las infumables horas de explicación de lesiones, músculos, huesos y demás partes del cuerpo humano, Gon tuvo la genialidad de soltar la ya mítica frase !Hay tantas formas de morir! Qué hipocondríaco estás hecho chaval jajaja.

 

Con la salvedad de aquella tarde donde literalmente di cabezazos contra la mesa, el contenido del curso no fue nada pesado. Para ser crítico, un poquito de más caña no hubiera estado mal. Soy masoca y un poco de más temas en la parte de conceptos baloncestísticos lo hubiera agradecido y de hecho creo que se lo reclamé a alguno de los profes. Por suerte en estos cursos uno puede intercambiar información y entre lo que decía uno y otro pudimos sacar un buen dossier de ejercicios e información que ya estoy poniendo en práctica en mis entrenamientos.

 

Por que sí, queridos profesores, estoy haciendo lo que muchos me decíais. Soy un alumno aplicado y ahora trabajo mucho más en detalle, disecciono los sistemas, mis jugadoras hacen buenos estiramientos y ¡doy charlas de 30 segundos y no de 30 minutos! Con lo que eso a mí me cuesta, jejeje.

 

Con el paso del tiempo Cuenca queda como un agradable recuerdo, una interesante vivencia con gente procedente de la diferente geografía del país y profesores con gran disposición a ayudar. Por delante quedan horas de trabajos en casa, prácticas en clubes y federación y una firmita que diga que soy entrenador de Nivel II. Liga Endesa prepárate, un curso más y ya tendrás un nuevo entrenador!!!

Siempre me dijeron que más vale tarde que nunca, así que, aunque tarde, ya estoy de regreso para contar como es el día a día de un pedazo de mi vida, mi vida entrenando.

 

Las excusas para el injustificado retraso en escribir pueden ser tan variopintas como reales, pero básicamente ninguna sería de suficiente peso así que es mejor que me disculpe, vaya al grano y os pase a detallar qué fue de mi vida en estos meses.

 

Porque sí, mi vida como entrenador cambió mucho en este verano... para acabar donde empecé. Fue un verano que arrancó en Linares, continuó por Estambul, Polonia giró rumbo a Cuenca y acabó donde siempre: en mi casa, aunque bueno ahí sí que hubo un cambio y ya volé del nido del cuco.

 

Pero como toda historia tiene un comienzo, la de mi verano arranca en un tren rumbo a Linares. Nueve horas de viaje infernal, con el cuerpo rumbo a Andalucía y la cabeza en casa. Sinceramente, fue uno de los peores días de mi vida, cuando curiosamente debía ser uno de los más felices porque iba a convertirme en el responsable de prensa de la selección femenina de baloncesto.

 

Como lo oís, durante este verano conviví con el mejor equipo de baloncesto femenino de España. Imaginaros lo orgulloso que podía sentirme que Kiko Martín, como responsable de comunicación, y todo el equipo de la FEB hasta terminar en Ángel Palmi  y José Luis Sáez confiaran en mi. A nivel profesional no creo que pueda estar en un mejor equipo, pero a nivel personal mi vida estaba a punto de irse un poco más a la ruina. Ha sido una constante en mí, cuanto mejor me ha ido en el trabajo, peor me han funcionado los asuntos personales... y nueve horas de tren dan para mucho que pensar.

 

Pero como esto es un blog de baloncesto, vamos a lo que os interesa ¿Qué como es eso de estar dentro de una selección? Sencillamente ES-PEC-TA-CU-LAR Desde el delegado de expedición, Carlos, hasta cada una de las chicas del equipo pasando por el staff técnico, sólo tengo palabras de agradecimientos para todos ellos. Me hicieron sentir como de la familia y sé que no fue fácil porque era el nuevo y porque no siempre soy la persona que me gustaría ser... suelo ser bastante complejo y reservado.

 

 

Como periodistas el poder estar al otro lado de la barrera fue un lujo, poder conocer a auténticas profesionales un placer y como entrenador sólo puedo decir que aprendí muchísimo den Susana, Roberto y José Ignacio. Yo era el chico de prensa (cuando me decían que era el jefe me daba cosa... tampoco tenía nadie a quien mandar jejeje) pero intentaba también involucrarme en cosas técnicas como charlas o sesiones de scoutings porque, como entrenador, era estar haciendo un master intensivo del más alto nivel.

 

Cuando el trabajo me lo permitía siempre me gustaba ver los entrenamientos para aprender o, simplemente, hablar. No sé si leerá el blog o no, pero me gustaría que José Ignacio supiera lo agradecido que le estoy por haberse portado conmigo de forma tan fantástica. Me encantaba hablar con él y me hacía ilusión que escuchara algún comentario técnico que pudiera hacer. Seguramente serían tonterías pero me hacía sentir bien el hecho de que todo un maestro como es él te escuchara.

 

En ese mes largo que estuve aprendí más que en todos los años que he podido estar entrenando. Cada detalle, técnico, táctico o psicológico se cuida al máximo y es tal el grado de profesionalidad que resulta complejo trasladarlo a mi vida diaria de entrenador. Pese a ello, de los tres técnicos saco tantas ideas como experiencias he vivido. Ahora trato de ver las partes buenas que he aprendido de ellos y busco extrapolarlas a mi modesto modo de vida como entrenador de base. Para ellos, mi gratitud.

 

¿Conclusiones que puedo sacar? Lo importante que es el trato emocional con el jugador, lo importante que es saber manejar un grupo y a nivel técnico lo importante que es dar toda la información al jugador. Me encanta el scouting, me gusta fijarme en los, como me decía Susana, tics de los jugadores y me parece fundamental ver como se desglosan a los rivales, como se detallen sus defectos o, simplemente como se desmenuza los sistemas propios y se trabajan para construir los ataques o defensa. Quizá esto sea lo más técnico que me llevo de mi experiencia.

 

 

Y qué puedo contaros de mi experiencia en el campeonato. Hay miles de recuerdos con cada una de las jugadoras, pero permitirme que me los guarde para mi intimidad. Sólo deciros que fue un orgullo y un lujo poder haber estado trabajando con personas que se merecen no sólo mi respeto y admiración (que lo tenían ya antes) sino que creo que todos los seguidores del baloncesto deberían tenerlo hacia un equipo al que la mala suerte se le cruzó en el camino.

 

En mi mente siempre quedará el pasillo de un hotel en Estambul donde reunido el equipo conoció la noticia de que se había producido un cambio en la reglamentación del torneo y en lugar de 14 sólo podían inscribirse 12 jugadores. Hubo muchas cosas que no salieron bien, pero creo que todo fue mal desde aquella decisión de los organismos de competición. Ahora pienso lo vivido y escucho las palabras de mi amigo Román y aún me mosqueo más, "Álvaro, estuviste a dos victorias de ir a unos Juegos Olímpicos". Qué cabroncete es mi amigo, pero cuánta razón tiene. Seguramente que profesionalmente lo daría todo por ir a una olimpiada y trabajar en unos Juegos Olímpicos. No lo pensé antes, pero estuvo tan cerca...

 

Y con todo fue una experiencia inolvidable, con personas maravillosas. Sí, seguro que cualquiera hubiera preferido estar en los momentos dulces, en esos donde todo sale bien, pero quizá el ver a grandes campeonas en malos momentos hizo que valorara muchas cosas que antes no hacía. Espero que ellas tengan un buen recuerdo, porque el que tengo yo de ellas es imborrable. A Laura, Cindy, Sílvia, Alba, Luci, Laia, Elisa, Marta, Anna, Amaya, Sancho, Anna, Cristina, Maria y Laura, gracias.

 

 

De igual modo espero que como profesional los compañeros de la FEB quedaran satisfechos. Fue una gozada trabajar con ellos, sólo tengo palabras de agradecimientos para un grupo de trabajo que se lo curra mucho y con una implicación total que comienza desde el presidente, quien en la victoria y en la derrota siempre estuvo al lado de las jugadoras para darles palabras de ánimo y apoyo.

 

La verdad chicos, que esto de ser jefe de prensa es complicado y ahora, como periodista, les valoro más jejeje. Fue una locura, creo que acabé utilizando tres teléfonos móviles... ahora que lo que nunca pensé es que me tocaría ser traductor en las ruedas de prensa. Imaginaros al tío más nervioso del mundo hablando inglés con acento valenciano, puff menos mal que no se grabaron las ruedas de prensa... espero.

 

Sí fue maravilloso, pero con todo me hubiera quedado en casa. A punto estuve de hacerlo por dos motivos personales. Porque sí, el trabajo era el soñado, pero la vida se vive despierto y había personas que me necesitaban cerca. Ya fuera para dar un abrazo, permanecer en silencio o simplemente cuidarlas. No fue así y en estas que perdí a un familiar. Irremediable sí, pero no os niego que llegar a casa y saber de la ausencia de tu abuelo fue duro. Él siempre fue la parte racional de mi mente, quien me decía lo correcto y actuaba de ejemplo. Es duro saber que ya no está y que no le puedo cuidar.

 

Esa fue mi primera parte de verano, una en la que la felicidad profesional y la tristeza personal se dieron la mano y bailaron durante un mes. Baile en el que tropezé y pisé algún pie.

Este pasado domingo fue un día especial para unas personas muy especiales. Era el fin de fiesta del equipo infantil de mi club y las jugadoras y los padres habían organizado una jornada de confraternización. Prepararon un partido donde jugaron padres y madres contra hijas en lo que sería el previo a la comida que cerraría la temporada.

 

Este tipo de jornadas hablaban muy bien del ambiente del equipo de los lazos de unión que se crean dentro de él. Ya no es sólo que las jugadoras sean auténticas amigas o que exista una fantástica relación entre las jugadoras con su entrenadora Maribel, sino que es increíble el ánimo y el apoyo que recibe el equipo por parte de los padres.

 

Hace unos meses tuve la oportunidad de llevar al equipo, conocer a los padres durante un corto período de tiempo y puedo asegurar que pocas veces me he encontrado con un grupo humano tan bueno. Como entrenador, tener a unas jugadoras que te respetan y quieren y unos padres que apoyan el equipo es un auténtico tesoro que hay que saber cuidar. Pero claro, todo esto no es fruto de la suerte y sin duda que la entrenadora hace mucho porque todo sea tan especial.

 

Total, que la fiesta del domingo fue de las de grabar en video y colgar en el Facebook. Lo único serio del partido de baloncesto fue el balón y las canastas porque todo lo demás destilaba aroma a cachondeo. Ver a las madres botando el balón a dos manos, a un padre con la mítica camiseta de Fernando (el jugador del Valencia CF) o a otro con una peluca pelirroja no tiene precio. Eso sí, lo mejor de todo fue ver a un padre arbitrando con unas gafas que ni el mismísimo Elton John. Era el sueño de cualquier entrenador y seguro que a éste no se le podía decir ¡árbitro, ponte gafas! Ya las llevaba... y bien grandes que eran.

 

 

 

Gafas que no le sirvieron para disimular su tremenda parcialidad barriendo para el bando de los padres. Ni una vez pitó pasos y eso que juraría a ver visto a alguna madre coger el balón de baloncesto y salir corriendo al más puro estilo rugby. Bueno y el que no corría, emulaba a LeBron James con los pasos... ay! los pasos de salida, ese gran desconocido del baloncesto, jajajaja.  

 

Entre los pasos, los dobles y la táctica futbolera de los padres, el partido fue de todo menos partido. Y es que el estado físico de algunos dejaba un poco que desear y no había más remedio que jugar con uno de libero, sin subir a atacar, y otro en permanente fuera de juego... los otros tres que corrían (poco, eso sí) eran los sufridores. Al final, y como siempre sucede en estos casos, el resultado fue lo de menos. A risas hubo empate.

 

Y tras el partido tocaba ducha, pero claro una ducha global. De salir mojado nadie se libró; las peques no respetaron a los padres o la autoridad de la entrenadora y todos pasaron religiosamente por el ritual del agua. La pista dejó de ser una cancha de baloncesto para convertirse en una piscina de waterpolo.

 

 

 

Luego llegó el momento más deseado por los padres (y leitmotiv del día): la cervecita y la comilona. Un final fantástico para una jornada genial de la que hacen más fuerte el grupo y la que todos recuerda.

 

Si no fuera por estos momentos...

¿Nunca habéis sentido que el baloncesto es una válvula de escape? Siempre he considerado que, en ocasiones, este bendito deporte actúa como medicina que no se receta para problemas sin diagnóstico clínico. A veces el mundo se detiene un momento, te bajas de su frenético y a veces cruel caminar y te quedas sólo con tu equipo y el baloncesto. Este domingo, para mí, el baloncesto fue como coger aire fresco.

 

Además, el partido era de esos que como entrenador quieres jugar, pero que como jugador lo deseas por encima de todas las cosas. El rival nos había ganado en casa, su apuesta es la contraria a la nuestra (no entiendo cómo se puede dar un discurso positivo sobre la salud del baloncesto femenino cuando en las categorías de base la mediocridad se instala por el deseo de ganar en lugar de formar) y el ambiente que se fue creando es de los que hace más dulce la victoria.

 

Porque sí, el ambiente fue de todo menos agradable. La mala educación está claro que no entiende de edades, pero sigo sin entender como unos padres pueden insultar clara y abiertamente a jugadoras rivales. Y no fue una cosa de los nervios finales sino desde el principio. Como entrenadores ya habíamos avisado del problema educativo que hay en el colegio donde jugamos, si ganan va bien pero como las cosas se les tuerzan son capaces de llamar "hija de p..." a una niña de 15 años.

 

Y conforme se puso el partido tuvimos la suerte de tener un buen arbitraje (gran detalle el que tuvo uno de ellos al dirigirse a una jugadora y animarle ante los insultos del público). Vale que yo me quejé como pocas veces antes, que no me gustó que la violencia (sí, violencia) con la que se empleó el equipo rival no fuera castigada y que, al contrario, la apuesta por el baloncesto formativo se penara con faltas en nuestra presión a todo el campo. Claro esta es mi visión y los pobres colegiados la escucharon durante cuarenta minutos, los mismos en los que no dejé de motivar al equipo.

 

Porque hay partidos donde tus jugadores necesitan de tu táctica, de que seas capaz de leer el partido, pero en días como el de esta semana el partido era emocional y tú no eres entrenador sino psicólogo. De primeras para quitar nervios, luego para levantar el 22-10 con el que terminó el primer cuarto. En la segunda mitad había que provocar una reacción (más visceral que no de juego) y al final había que animar para golpear al rival donde más le dolía, en su orgullo.

 

No fue fácil, pero sí divertido. Al final del partido un árbitro me dijo que me calmara que cualquier día me podía dar algo, pero es que no me conocía. Básicamente cuanto más me insultan o me provocan, más me crezco y motivo. Y eso pasó cuando, en un lance de juego ante la agresividad desatada por un rival que ya se veía por debajo en el marcador, una jugadora mía golpeó con el codo a una rival... mientras intentaba lanzar a canasta. Rápidamente ordenamos que pidiera disculpas por un lance fortuito, pero el adversario no lo entendió y ya no sólo el público, sino que jugadoras y entrenador cruzaron la frontera de lo deportivo... eso fue su perdición.

 

El tiempo muerto siguiente fue muy claro y aleccionador: Nosotros jugamos a BALONCESTO y cuanto más BALONCESTO se juegue mejores seremos. Ahora yo no era una cuestión de ganar por la clasificación o nuestro amor propio, teníamos que ganar por todos los maleducados (un aficionado entró dentro del campo para gritar en la cara a un árbitro) que querían sacarnos de nuestras casillas. Pero ay amigos! uno puede ser bueno, regular o mal entrenador, pero lo que sí tengo claro es que se me da bien motivar al equipo y las jugadoras entendieron que era el momento de sacar todo el orgullo que llevaban dentro.

 

Nota: Quítenle todo el tono bélico del discurso y quédense con el valor emocional del mismo

 

Siempre les hablo de partidos de 40 minutos, de trabajarlos, de agarrarse al parqué en los malos momentos (clave fue el no venirse abajo al comienzo) y de volar en los buenos... pero a falta de 35 mis jugadoras hicieron click y dinamitaron el partido. En un partido emocional, siempre hay alguna canasta que vale mucho más que su propio valor cuantitativo. Sucedió con un 3+0, sí un triple anotado a tablero más adicional fallado. Era el castigo para los que apuestan por una zona que solo espera el fallo y solo se sostiene por la altura de sus jugadoras.

 

Ya estábamos allí. La hostilidad del ambiente había despertado al escuadrón de pequeñas avispas que está hecho mi equipo. El enjambre empezó a zumbar en los oídos del rival y a picar con una presión que, ahora sí rompía el partido. Mirad mi equipo es de 12 jugadoras, 12 tías honestas, justas de calidad pero de voluntad infranqueable que este año ha crecido en confianza a base de hostias y esta semana dieron toda una lección de madurez. No desistieron cuando la cerrada zona rival les provocar tirar a la primera, no cesaron en su empeño cuando la presión fue castigada con faltas y canastas por no hacerla bien. Sabían que, tarde o temprano, quien trabaja bien obtiene recompensa.

 

Con una rotación real de 10 jugadoras, el rival debía de ahogarse físicamente y así sucedió. Mi equipo, mucho más fresco que el rival, comenzó a robar los balones que antes no podía, llegó a cortar pases que antes eran canastas y, sobre todo, creció en animosidad (sinceramente, solté un par de ¡vamos! que ni el mismísimo Rafa Nadal).

 

Y claro, con el triunfo final explotó de felicidad el equipo. Verles el rostro de satisfacción es la recompensa con la que nos quedamos los entrenadores. En mí interior sé que hice el planteamiento correcto (en vista que mis pivots eran más bajas, aposté por aleros como interiores para crear desajustes con la versatilidad y movilidad de ellos), soy consciente que el enfado de la grada y las jugadores fue por el dominio emocional del partido por nuestra parte, pero todo ello no sirve de nada si mis jugadoras no hubieran sonreído al final del encuentro.

 

Lejos de la efusividad del momento estaba calmado y sereno. No puede haber mayor satisfacción de ver a tu equipo entregado a tus ideas y que estas les hacen felices... y eso no se muestra externamente se luce por dentro con mucho orgullo Tantos días de duros entrenamientos, de exigencia sin premio merecieron la pena por ver lo fuerte que gritaban en mitad de la pista tras haber ganado un duro partido. Fue lo justo para unos y otros.

Como todo equipo, el nuestro tiene sus hábitos, sus tradiciones y costumbres que se respetan dentro del vestuario. Ya sé que muchos equipos hacen a lo largo del año concurso de tiro y que al final del año con las preceptivas cenas se entregan medallas o premios.

 

Ésta es una opción que todavía no he utilizado, básicamente porque: A) si es concurso de tiro nos podemos tirar media hora para meter dos triples y B) si hay premios implica que los entrenadores debemos gastarnos dinero y uno es fiel devoto de la cofradía del puño cerrado ¡No se me escapa ni un céntimo de euro!

 

Ahora bien, lo que sí hacemos es poner multas. De estas hay de dos tipos: las de régimen interno de los entrenamientos y la de los partidos. Nosotros tenemos estipulado que la persona que avise más tarde de las 15 horas del día de entrene o llegue 11 minutos tarde paga una multa de un euro. Esto tiene un problema y es que mi móvil echa humo a eso de las tres menos cuarto y supone que mis juniors interrumpen mis sagradas siestas. Es increíble el número de SMS que tengo a las 14:55, aunque de vez en cuando a alguna se le pasa el tiempo y lo envía tarde. La semana pasada cacé uno a las 15:02 ¡zas, un euro para la hucha!

 

Porque sí, tenemos una hucha y no pequeña precisamente. Me la regalaron por navidad (vaya regalo que me hacen, es como cuando regaláis algo a vuestros padres pero sabéis que acabará siendo vuestro) y dentro de poco esa hucha va a empezar a recibir pasta a mansalva porque también hay multa si no se llega a un porcentaje de tiros libres.

 

Los fieles sufridores de este blog recordarán que el año pasado mi equipo palmó en cuartos de copa por los tiros libres. Pues bien, este año pusimos una norma: si el equipo anota menos del 60% paga un euro cada jugadora, si está entre el 60 y 65% nadie paga y si superan el 65% los entrenadores pagamos. No lo tengo muy claro si pagamos 1 o 10 euros (espero que no pero si es esta última cantidad es por el exceso verbal de Román, mi segundo entrenador) porque ¡todavía no nos ha tocado pagar!

 

De 20 partidos sólo en dos ellas se han librado de pagar (hubo un mítico 63,3% errando los dos últimos del partido -gracias, Patri- y en el resto no han llegado a ese 60% ¿malas? Sí, pero a nosotros la cena de final de temporada nos va a salir por la cara. De hecho estoy pensando seriamente irme a Ibiza con el pastizal que adeuda el equipo.

 

La cuestión empezó como reto a las jugadoras para que se centraran en la importancia de los tiros libres y hasta cierto punto a funcionado ya que de no llegar al 50% ahora casi nunca bajamos del 55%, pero claro cuando, días como el pasado domingo, empiezas el partido con un bonito 0/6 hay cosas que no remontas. Total que hay gente que debe la bonita cantidad de casi 30 euros y ahora estamos gestionando los pagos porque ya hay jugadoras que nos están avisando que no podrán pagar todo de golpe. Yo pienso que a malas siempre pueden una línea ICO que he visto en la tele que el banco no pide aval.   

 

Bueno esta es una de las costumbres que tenemos pero la que sin duda más me interesa a mí es la de los cumpleaños. Comenzó como gracieta pero ahora ya es casi norma estricta el traer a los entrenamientos pasteles cuando una jugadora cumple años. Los entrenadores somos unos gordacos de cuidado y contamos con dos estómagos (uno dulce y uno salado) por lo que somos capaces totalmente de comer una tarta a las 21 de a noche y luego cenar... ¡y tomar postre! Ahora que mis jugadoras no se quedan atrás eh. Un día trajo unas galletas caseras y no veáis como todas sacaban codos y peleaban la posición para coger galletas ¡Ay si el balón fuera una Chip ajoy! No se nos escapa ni un rebote.

 

Esta es una foto momentos antes de que la cumpleañera se llenara la cara de chocolate

 

PD: Digo de traer dulces en un entrenamiento y no en un partido porque hubo una vez que una trajo una tarta después de un partido de palmar 40. Están que me voy a comer una tarta con la mala leche que se me puso, jajajaja

 

Siempre he oído decir que el baloncesto es un deporte para altos. Bien no voy a ser yo el temerario que lo niegue, pero tengo una predisposición física y psicológica a cuestionar hasta cierto punto esta afirmación. Es más siempre me gusta pensar (y a veces decir en voz alta) que el baloncesto es un deporte para altos, que dominan los bajos.

 

De verás, por cada ejemplo de jugador dominante en la liga soy capaz de contestarle con el nombre de un base o escolta. Vale que mi estatura nunca me dejó ir más lejos en la pista, pero creo firmemente en la valía del base y de eso voy hablar.

 

Como jugador he disfrutado siempre del hecho de controlar el balón, distribuirlo y ser responsable de organizar al equipo. Tampoco voy a engañarles no soy el típico que dice que una canasta hace feliz a uno y una asistencia a dos. No, yo soy más bien de un pase espectacular mola más que una asistencia. Siempre vi el lado más lúdico y temerario a al posición de base con lo que no tengo la menor duda de que mi YO JUGADOR hubiera durado muy poco con mi YO ENTRENADOR.

 

Lo reconozco, siento admiración por estos jugadores porque son los que más responsabilidad tienen y muchas veces a los que menor reconocimiento se les da. Por eso siempre que puedo barro para casa y les doy bola. Recientemente he podido hablar con dos de las mejores bases de España y Europa. Se trata de Sílvia Domínguez y Laia Palau y en cada una de sus palabras reconozco el orgullo de ser la responsable de mover al equipo y el carácter de una autentica base. Ambas ensalzaban las virtudes de jugar como uno y lo gratificante que era ver jugar bien al equipo. Lo era en sí por el equipo, pero también porque esa es la responsabilidad directa del base, hacer que el juego del equipo tenga sentido.

 

Y por eso el base es tan importante para el entrenador. Dicen que es la prolongación del técnico en la pista y no le falta razón. Seguramente porque muchos entrenadores también han jugado en esa posición. No tengo el dato en la cabeza, pero piensen detenidamente en la cantidad de entrenadores que hay en ACB o NBA y cuántos han sido bases o escoltas. Muchísimos.

 

A otro nivel, de los cinco primeros entrenadores que hay en mi club, cuatro hemos jugado en esa posición y, curiosamente, a los otros tres de ellos les he dirigido. Así que del tema de la confianza que un entrenador deposita en el base sé un poco... aunque en ocasiones no haya sido un buen ejemplo para alguno de ellos.

 

Siempre he pensado que la confianza es un camino de doble sentido: se da y se gana y en el caso del base es fundamental que se la gane. Yo puedo vivir tranquilo sin un pívot de calidad, de verás me he llegado a acostumbrar a no jugar con pivots (de hecho juego mejor con cinco "bajitas"), pero no puedo jugar sin un base.

 

¿Adivinan quién es mi base? Por la atención que me presta es fácil de decir

¿Adivinan quién es mi base? por la atención que presta es fácil de decir

 

Es esencial ver a los ojos del base y sentir que entiende lo que estas pensando y lo intenta hacer. Claro está, cuando hablamos de edades precoces esto es un poco quimérico, pero al menos quiero tener la seguridad de que puede subir el balón y transmitir seguridad a los compañeros. En ataque seguridad y en defensa agresividad. El base suele suponer la primera línea defensiva de cualquier equipo y más cuando se presiona a toda pista, por eso es esencial que este base lo dé todo en defensa. Debe ser el espejo donde se miren sus compañeros y la motivación que encuentren para redoblar esfuerzos.

 

Por suerte, debo decir que siempre he tenido buenos bases en mis equipos e incluso este año donde no parecía tener un base muy definido me he encontrado con una agradabilísima sorpresa. Resulta que en principio tengo una base asignada, pero ésta se empeña en no querer jugar de base y claro esto me resta confianza en su juego (aunque juega bien en esa posición y suelo combinarlas). Sin embargo, hay otra jugadora que nunca dice que no y se esfuerza en ser la mejor base posible.

 

Es de lo poco de lo que puedo estar orgulloso en esta temporada. Ha mejorada muchísimo porque hace un año era la tercera o cuarta opción de su equipo y ahora es fundamental. Ha evolucionado tanto que ya ha debutado con el primer equipo y lo mejor de todo es que todavía es junior de 1º. Ahora le queda el paso más difícil: dar un salto cualitativo es relativamente fácil cuando se viene de abajo, pero cuando ya alcanzas un nivel, cada vez es más difícil progresar y eso es lo que espero (y trabajaré) para el próximo año.

 

Y mientras seguiré fabricando a mi base ideal. Seguro que no es un reflejo mío en la pista, sino algo más cerebral en ataque y con más carácter en defensa. Por que sí, para mí es fundamental el carácter en cualquier jugador, pero sobre todo en un base. Ojalá se le oyera a mis bases en pista, así mi voz descansaría y los oídos del público sentirían alivio.

08/03/2011
 

¿Cómo se puede pasar de la sensación de la más absoluta felicidad a la tristeza de la incomprensión? ¿Cómo un sentimiento puro por el deporte puede ofrecer sensaciones tan contrarias? Es difícil de explicar pero quién ha dicho que la vida sea fácil de entender y razonar.

 

Como entrenador puede ser que haya sido una de las semanas más intensas que recuerde, una bipolaridad de sensaciones que han ido de un extremo a otro sin término medio ni lógica explicativa. Y el motivo de todo ello ha sido una jugadora que ni siquiera entreno.

 

Veréis, se trata de una persona muy especial porque pocas veces he visto una chica con tantas ganas de jugar a baloncesto. En estos tiempos que corren no es fácil verlo y por eso cuando se conoce a una persona así sientes que debes cuidarla. ELLA es un torbellino de energía en la pista, el ímpetu propio de la edad le hace comerse el balón y darlo todo en cada partido o entrenamiento, pero, sobre todo, es una jugadora con una tremenda inquietud y deseo por aprender.

 

Eso se ve en su rostro, en su sonrisa o en su enfado cuando no le salen las cosas. Quiere ser la mejor, pero no por el hecho de serlo, sino porque disfruta como nadie de este deporte...y sin embargo el baloncesto le ha hecho sufrir más de lo debido. Su autoexigencia y la notable calidad que tiene le han hecho vivir estos últimos meses con la presión de no querer fallar a nadie y con la obligación externa de responder a las expectativas que todos tenemos en ella.  

 

Expectativas que se tradujeron hace tiempo en la voluntad de nuestra federación de contar con ELLA para los entrenamientos de la selección, motivo que desencadenó toda esta situación. ELLA tiene la virtud y el talento para estar con las mejores de su edad y por eso todos en el club hemos querido que ELLA no se cerrara puertas y fuera con la selección autonómica, pero quizá nuestros deseos chocaban de frente con su voluntad. Tener un talento especial también supone una mayor responsabilidad pero a veces nos olvidamos de su juventud y de lo esencial del deporte, disfrutar.

 

Tras una mala experiencia (ya sabéis como de crueles pueden ser l@s niñ@s), en el club estuvimos luchando para que superara sus propios miedo y volviera este año a probar suerte con los entrenamientos de la selección. Personalmente me daba igual que lo hiciera bien o mal (aunque sabía perfectamente como de bien lo haría), sólo quería que superara esa frustración porque nadie puede vivir con miedo o a expensas de la voluntad de terceras personas. Aquel que os diga dónde está vuestra limitaciones será un mediocre, el cielo es el límite y la ilusión el motor de la vida que cada uno de nosotros lleva dentro.

 

Quizá por ese deseo de que superara una mala experiencia, sentí una de las mejores sensaciones que el baloncesto me ha dado cuando hace unos domingos hablé con ella tras su entrenamiento con la selección. Sabiendo todos los miedos mostrados y las lágrimas derramadas en los días previos, era muy importante saber que habíamos ayudado a superar ese temor al rechazo y de ahí que sintiera una gran felicidad al llamarla por teléfono y oír lo bien que le había ido. Cada palabra que escuchaba dibujaba en mi mente el rostro de una persona contenta e ilusionada; con una sonrisa que no le entraba en el cuerpo. ELLA tiene la virtud de que cuando es feliz hace feliz a mucha gente... y en estos tiempos que corren muchos necesitábamos verla sonreír.

 

El martes después el entrenamiento fue una fiesta. No paraba de contar lo duro pero satisfactorio que había sido el día y las ganas que tenía por volver. Era todo perfecto. Pero la felicidad completa dura muy poco y el viernes me encontré con la vuelta al drama. No quería volver a entrenar con la selección.

 

Todavía no ser el motivo exacto de su preocupación. No sé si es la familia, el entorno o los entrenadores, pero sí tengo claro que entre todos le hemos sometido a una presión que le supera y su deseo de no fallar a nadie le ha vuelto a replantearse la situación.

 

Muchas personas suelen ser sinónimo de muchas opiniones (en ocasiones contrarias) y, generalmente, también dolores de cabeza que en este caso han provocado más lágrimas de las necesarias. En este caso todos queríamos que ELLA superara su miedo inicial y viera que en esta vida nada ni nadie puede dirigir nuestros designios o controlar nuestros deseos.

 

ELLA es por muchos motivos muy especial. Es de ese tipo de personas puras y nobles a la que sólo le deseas que sea feliz y que nadie le ate sus alas porque tienes la certeza de que cuando extienda sus alas volará muy alto.

 

Por el momento, ELLA sólo quiere ser feliz jugando y le da igual hacerlo en un club pequeño, porque es allí, en la sencillez y la familiaridad de la entidad, donde radica su bienestar. Y eso es lo único que importa porque si ELLA es feliz, todos somos felices.

No más partidos los domingos por la mañana.

 

Siempre he pensado que uno de los grandes inconvenientes que tiene ser entrenador es el tener que ir a un partido un domingo por la mañana. Sí ya sé que suena muy poco profesional (¿alguien os ha dicho que yo lo sea?) pero al menos me gustaría levantarme un día a la semana más tarde de las ocho de la mañana.

 

Esta vez no pudo ser y no porque mi equipo junior jugará pronto, sino porque tenía que echar un cable al club y llevar el encuentro del alevín que, para colmo de males, jugaba en un pueblo a una hora de viaje. Total que la broma era que tenía que levantarme a las 7,30 de la mañana. Ya no era cuestión de no salir el sábado, el problema fue que me quedé sin ver All Star, el partido de Liga Femenina en Teledeporte y el de la ACB lo vi empezado ¡Todo un drama!

 

Y luego está eso de llevar a un equipo alevín. Para empezar era el primer partido que jugaban este año y eso suponía que era la primera vez que jugaban todas juntas con lo que os podéis imaginar el descontrol que fue aquello. Claro tampoco ayudaba el entrenador que, entre otras cosas, no las había visto en la vida y nunca había estado en un partido de alevín. Si yo pensaba que un infantil era caótico, lo de alevín fue de traca.

 

Bueno realmente un partido en esas edades es como la NBA y más concretamente un All Star. Todo el mundo hace pasos de salida, no hay una jugada con dos pases seguidos y, por supuesto, nadie tira de fuera de la zona, todo son entradas a canastas. Además el ambiente es de fiesta, tanto que empezó el partido y los padres de las niñas estaban tomándose un café mientras yo, pringao de mí, todavía no había tomado nada por apurar las horas de sueño en casa.

 

Antes del partido  me habían avisado que el equipo era flojito así que cuando comenzamos ganando 8-9 y vi a un padre le dije que hiciera una foto al marcador por si no se volvía a repetir. Evidentemente no os puedo contar nada táctico del partido porque no hubo nada táctico. Yo sólo les dije que tenía que jugar todas por fueras pasar e ir a canasta... evidentemente no me hicieron caso y aquello fue "Yo me los guiso, yo me lo como". Cada vez que una cogía el balón entraba a canasta a lo Juan Palomo... veis, idéntico a la NBA.

 

Lo bueno que tiene ir a estos fregaos es que vas sin preocupación, te preocupas más por cuadrar la quiniela (que viene a ser que todas las jugadoras jueguen el mínimo y máximo de cuartos exigidos) y que nadie sangre o llore que propiamente por ganar, aunque debo reconocer que el árbitro me llegó a enfadar. Hubo un cambio de criterio cuando mis peques se pusieron 8-14 y luego vimos que el árbitro (no federado) era familia de una jugadora. Claro, los padres cuando se enteraron se enfadaron. El hombre que estaba haciendo fotos con la cámara no sé que le dijo, pero el árbitro me amenazó con técnica si no se iba de la pista ¿Cómo me podía pitar una técnica por un persona del público?

 

Aquel momento de surrealismo sólo fue superado por mi actuación final. Resulta que después de todo mi alevín ganó (28-31, catenaccio puro) pero yo me fui pensando que la mesa se había equivocado y nos había dado puntos de más. Por dentro pensé "mira lo que nos quita el árbitro nos da la mesa". Y así se lo hice saber a los padres hasta que uno me dijo que no se habían equivocado, sino que en alevín si metes canasta de fuera de la zona vale un triple. Sí, quedé como un auténtico tonto porque dirigí un partido donde no me sabía ni el reglamento.

 

Pero bueno ahora ya puedo presumir de ser uno de los pocos o el único entrenador del mundo mundial que ha ganado todos los partidos que ha jugado en alevín. También os anuncio que, si todo sale bien, me retiro invicto de esta categoría. Lo dejó. Ya sé que a más no puedo aspirar y que todo lo que haga será a peor en alevín. Me voy en la cresta de la ola, en la cima deportiva :-D

No sé si lo habéis pensado alguna vez o incluso si lo habéis dicho en voz alta, pero después de tanto tiempo dedicado a él ¿no se os ha ocurrido la idea de dejar el baloncesto?  Reconozco que no es mi caso porque, a pesar de dedicarle más de 40 horas semanales ya sea por trabajo u ocio, sigo disfrutando del baloncesto. No diré como el primer día, ni mejor ni peor,  ahora disfruto de forma diferente.

 

Aunque es cierto que no soy una persona objetiva y que me cuesta dar un punto de vista neutral sobre esta cuestión, no voy a esconder que como entrenador ya me estoy empezando a acostumbrar a ver como la gente se "deja" el baloncesto.

 

Os cuento todo esto porque esta semana me llegó el mensaje de una jugadora que se había cansado de jugar. No tenía ni ánimos ni fuerzas para seguir e incluso me temo que no tenía ganas de decirlo telefónicamente. Más adelante tendré una conversación con ella, pero lejos de intentar convencerla para que siga, sólo le preguntaré si está bien. Realmente es lo único que me importa llegados a este punto.

 

Seguramente hace un año hubiera intentado convencerla y hace dos me hubiera enfadado, pero ahora no. Y no es que me de igual, pero si algo bueno tiene hacerse mayor es que uno aprende de las experiencias y se vuelve más empático. Ahora entiendo muchos de los dolores de cabeza que puede ocasionar jugar a baloncesto en una joven y aunque yo no los comprenda (ya os digo que soy un yonki de este deporte) debo de respetarlos. Familia, estudios, pareja... sea cual sea la edad que se tenga nunca es fácil y al menos se debe ser honesto y reconocer que no se está con ganas para seguir entrenando.

 

Por segundo año hay gente de mi equipo que se lo deja y, aunque la gente pueda decirme lo contrario, en cierta manera que jugadores dejen de jugar va en el debe del entrenador. Así lo entiendo yo. Siempre pensé que a mis equipos podía aportar recursos tácticos y pasión. Me encantaba pensar que podía transmitir parte de la pasión que siento por el juego, pero cada vez veo con más claridad que no es así. E incluso diría que hay un factor importante en mi manera de dirigir que puede ser perjudicial y alejarlas del juego. Más que una derrota lo que al final debe doler a un entrenador (al menos eso me sucede a mí) es ver como tus jugadores pierden la ilusión por jugar. Por eso siento que fracaso cuando alguien me cuenta que abandona.

 

Realmente es frustrante ver como después de formar años y años a jugadores/as estos acaban por no llegar ni siquiera a jugar con el primer equipo del club. Y en este caso me duele más porque, tanto por años como por calidad, la jugadora que ahora abandona el baloncesto tenía nivel para jugar. Lo tenía hace dos años cuando la volví coger tras ser infantil y cadete, pero nunca rindió como ambos esperábamos. Siempre soy sincero con la gente que llevo (brutalmente honesto diría el doctor House) y así como le dije que tenía un potencial muy interesante, le reconocí que poco a poco su rendimiento decaía.

 

En fin son cosas que suceden, no se le puede dar más vueltas y sólo cabe esperar que con el tiempo recapacite y vuelva a jugar. Con casos como éste uno debe sentirse más orgulloso de la gente que cada día sigue viniendo a entrenar con ilusión y ganas de mejorar. Son tan poc@s que todo esfuerzo es poco a la hora de trabajar con ell@s.

Supongo que muchos de vosotros habéis jugado una gran cantidad de partidos donde sabéis que vais a perder. Duele admitirlo, pero la mayor parte de nuestra vida es una derrota y frustración permanente. Son más las veces que perdemos que las que ganamos, pero hay días donde la derrota es muy clara.

 

A mí me tocó esta semana. Jugábamos contra las primeras y digamos que si hubiera dos mundos en nuestra categoría, ellas estarían en el superior. Pese a ello yo nunca regalo un partido y no quiero que mis equipos lo hagan. Estaba convencido que podíamos competir y como les dije en la charla previa competir en este caso era llegar a los últimos cinco minutos con un diferencial de + - 10 puntos. Llegar 15 abajo en el último cuarto también servía para demostrar que los dos mundos no eran tan ajenos. Era mi charla motivacional y el deseo que quería transmitir a mis jugadoras antes de saltar a jugar. Lo que pasará luego ya no era cosa mía.

 

Y entonces comenzó la pelea. Durante siete minutos fue un partido duro, donde los dos equipos se emplearon rozando los límites del reglamento. El rival no dejaba que pudiéramos pensar. No había pase fácil y costaba recibir el balón. Nosotras queríamos seguir esa intensidad y decirles ¡Hey, nosotras también jugamos duro! En esencia hubiera pagado por estar jugando porque siempre disfruté de esos encuentros donde al día siguiente te duele todo el cuerpo y tienes moratones en partes en las que ni siquiera pensabas que te habían pegado.

 

Sí, era hermoso porque era una pelea noble donde los dos equipos no iban a permitir que el rival sobrepasara el límite marcado por cada uno. Por un momento era como si aquello no fuera un partido entre dos mundos distintos sino uno propio de la rivalidad entre Knicks y Pacers. Era ver como Mason y Oakley buscaban intimidar a Reggie Miller o los Davis zurraban a Starks. Lo único es que en mi equipo nunca he tenido a una Reggie Miller.. Sheryll.

 

Habíamos aguantado siete minutos, creo que el marcador era 6-9 pero de repente todo cambió. No sé en qué momento del partido los árbitros levantaron las protestas de la afición contraria pero aquellas quejas causaron un efecto nocivo en la mentalidad de las mías. Es como si hubieran despertado a mis chicas y les dijeran “es imposible que estéis compitiendo”. Y entonces llegó el primer parcial. En tres minutos se fueron a los 10 puntos de ventaja, en un partido físico la endeblez de mis jugadoras pasaba y todo el trabajo que estábamos haciendo no servía de nada, veía el miedo en sus ojos. Cuando esto sucede sólo sé hacer una cosa: arengar al equipo y provocarle. Os he dicho que este era el típico partido que me hubiera gustado jugar, pero siendo honesto supongo que lo hubiera jugado desde el banquillo, agitando la toalla y utilizando el trash talking, algunas de mis pocas virtudes como jugador de baloncesto. Sin botas y con una pizarra en la mano busqué meterlas en el partido y creo que les dije algo como “nos está intimidando su juego, nos está intimidando su banquillo y nos está intimidando su grada”. No quería ofender a nadie, pero me preocupaba que ellas se sintieran inferiores al rival.

 

A duras penas campeamos el primer temporal, pero por el camino hubo una víctima: mis tiempos muertos. Había pedido los dos antes de terminar el primer cuarto para explicar lo mismo que había intentado enseñar a lo largo de la semana: la salida de presión. Fue frustrante, porque quería que el equipo compitiera y sentía que a cinco contra cinco lo podíamos hacer con dignidad, pero todo quedaba en nada porque nos desentendíamos del balón y no manteníamos el orden al salir de la presión.

 

Siempre he pensado que si un equipo no tiene ni la calidad, ni el físico o intensidad del rival, debe ser más inteligente. Delante teníamos una zona press 3-1-1 y sabíamos como superarla. Por muy buena que sea la presión, si mantienes un rigor táctico y mueves correctamente el balón, siempre hay espacios. El problema es que apenas lo pudimos hacer. Después de los tiempos muertos y la charla en el descanso, llegó el momento que muchos esperaba y ese fue cuando se me fue la pinza e hice un clásico: cambiar a cinco de golpe. No es la primera vez y lo hago cuando sé que algo que está mal pero no sé el qué. Desde la grada hoy un “ahora sí que está enfadado”. No les faltaba razón.

 

Superar una presión es difícil pero hacerlo sin bases es imposible. Yo tengo la desdicha de tener un equipo donde la que ha jugado de base más tiempo no quiere serlo y la que lo hace ahora nunca ha tenido tanta responsabilidad. Ojo, terminé muy orgulloso de ésta última, pero era imposible que saliera indemne de tan difícil misión. En vista de que hubo gente que se borró del partido, los tiempos muertos de la segunda parte fueron para que las que luchaban en la pista pudieran encontrar oxigeno porque la intensidad no decayó.

 

Poco importaba que fueran ganando de 30 o 40, la presión estuvo los 40 minutos y eso es algo que agradezco. No sé si a ellas les sirvió nuestra oposición, pero yo agradezco tener al menos un par de días al año la sensación de estar jugando un partido de verdad y seguro que a mis jugadoras les dolió perder de la forma en que se hizo, pero también estoy convencido que les hará ser mejores competidoras en un breve tiempo.

 

Con un minuto y medio por jugar agoté mi último tiempo muerto. Perdíamos de 45 y lo que planteé fue un partido a -5. Quería que vieran una situación de final ajustado a ver si éramos capaces de ganarlo (en este caso de perder por menos de 40). Los dos primeros ataques no acabaron en canasta y tampoco remontamos esos cinco puntos, pero al menos ese breve parcial lo ganamos por la mínima. Era la última guerra de guerrillas de una linda batalla deportiva.

No es un misterio, todos tenemos días tontos, esos donde los cables se nos cruzan más de lo normal y todo parece sentarnos mal pero ¿Cómo nos afecta eso cuando somos entrenadores?

 

Es inevitable que un mal día en el trabajo, en casa o con los amigos tenga su consecuencia directa en los entrenamientos. Quien más o quien menos que entrena de forma "altruista" antes de llegar la hora de ponerse el chándal tiene muchos elementos externos que influyen.

 

Para empezar es el trabajo. Sería más fácil si tu trabajo es entrenar, entonces ahí no tienes escapatoria y todo va junto, pero lo normal es que tu jefe no sea el presidente del club sino un tío predispuesto mentalmente a amargarte el día con trabajo mientras tú lo que deseas es tener cinco minutos libres para conectarte a Google y poner "ejercicios de contraataque en el baloncesto". Parece que no se da cuenta, si no te deja respirar en la oficina al final te toca preparar el entrenamiento en tu casa!!!

 

Y a todo ello hay que añadir la familia y los colegas. Esa gente que no entiende que no puedes ir al Mercadona más tarde de las 18 h. porque sino no llegas a tiempo al entrene o esos benditos canallas que se van de fiesta poniéndote los dientes largos porque tú el sábado por la mañana te levantas a las ocho para jugar con tus peques en un colegio al aire libre... y con el frío que hace.

 

Claro todo ello hace que en un día se produzca una conjunción astral y todo se salga mal, entonces ¿con qué moral afrontamos una hora y media de entrenamientos? Habrá gente muy paciente y que sabrá separar historias personales pero yo no soy uno de ellos y el día que vengo cruzado se nota y me lo notan.

 

Lamentablemente esos días no son uno al mes o cada quince días sino que cada vez es más frecuente y es que debo reconocer que cada vez tengo menos paciencia. Antes era de los de nunca gritar, dialogar y sonreír, pero ahora reconozco que me cuesta más sonreír y menos gritar. Dicen que la confianza da asco y puede ser que tengan razón.

 

El genial Andrés montes llamó un día a Dirk Nowitzki "vinagreta" porque se le veía mucho más enfadado que cuando estaba en sus primeros años de NBA. Pues bien, ese apodo va perfectamente conmigo y en ocasiones es como si estuviera enfado (con o sin razón) con el mundo. Ojo,  a esto también ayudan ciertos jugadores y equipos, porque no me negaréis que hay jugadores especialistas en sacarte de tus casillas y equipos que funcionan mucho más en un estado permanente de bronca.

 

Lo siento pero no va conmigo. Puedo reconocer que ahora tengo menos paciencia, que las constantes interrupciones y preguntas ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué? hacen que un día pegue una voz o que me moleste terriblemente tirarme la mitad de un ejercicio explicándolo o corrigiendo porque no sale según se quiere. Eso es una cosa, pero lo de tener que fruncir el ceño para que tus jugadores o jugadoras te hagan caso y den el máximo es otra bien distinta.

 

Las transfusiones de sangre se hacen en los hospitales no en los entrenamientos o partidos. Soy de los que opinan que nadie tiene que "despertarte", las ganas y el esfuerzo debe algo ser intrínseco. Lo que sucede es que después de comprobar que cuesta tanto hacérselo ver a la gente uno acaba entrenando enfado y eso que antes era un mal día se convierte en una constante y el entrenar lejos de ser una válvula de escape al los problemas del día a día se convierte en algo desagradable para el entrenador y para sus jugadores y jugadoras. Eso es un peligro porque cuando uno deja de sonreír, el baloncesto no tiene sentido.

19/01/2011

Volvemos a la carga con una de esas entradas que tanto os gustan. De esas donde yo pierdo, me cae bronca y ahogo mis penas no en la barra de un bar sino delante de un teclado.

 

Y es que esta vez no pudo ser y a mi equipo junior le cayó una dura derrota. Comenzamos fatal, 14-0 y durante el resto del partido estuvimos bailando con esas diferencias en el marcador. La defensa del pick and roll rival y sus triples nos destrozaron literalmente. De hecho creo que el titular del partido para mi equipo podía ser: La segunda ayuda, esa gran desconocida. Esta semana con tranquilidad tocará ajustar sistemas defensivos en individual. Dada la diferencia entre ambos equipos no hubiera sido un mal resultado y a mí me hubiera servido  decirles que "veis, cinco minutos malos nos cuestan el partido". Pero ni eso porque terminamos con otro 13-3 de parcial. Entre medias, igualdad.

 

Lo malo de la tarde fue que al terminar el partido el padre de una jugadora rival y compañero periodista vino a saludarme y a llamarme impresentable. Ya antes de terminar el partido intuía que no me iba ir mucho mejor. Como si fuera el Sálvame y yo la mismísima Karmele Marchante, a la primera protesta mía se oyó en la grada ¡Que te calles!  Después, cinco minutos antes de terminar el encuentro, tuve el primer contacto verbal con la persona que me saludó al final. Irónicamente me dijo "si no se mete, no se gana".  Ay cuanta razón.... ¡Pero no sólo en el baloncesto! Yo me limité a encoger los hombros como Michael Jordan cuando metió seis triples a Portland en las finales del 92.

 

Y entonces llegó el final y esta persona me vino a saludar educadamente y a comentarme su opinión sobre mi persona. Entre las cosas que me comentó hay una perla de la que no creo que sea merecedor. Dijo que sin árbitros no era nadie y que en el partido de ida habíamos ganado porque había manipulado a los árbitros. Fuera coñas, no creo que pueda ganar partidos (en todo caso los hago perder) o que sea tan bueno para manipular a los árbitros... y si lo fuera me gustaría trasladar este don maquiavélico a otras personas como mi jefe (para que me suba el sueldo), mis vecinos (para que dejen despertarme los domingos por la mañana con sus ruidos) y, sobre todo, a alguna que otra amiga (a ver si salgo del club de las calabazas).

 

Como veis estas cosas mejor tomárselas con humor y no faltar a la educación pues tanto la mesa como el árbitro que estaban al lado nuestro fliparon en colores por la actitud mostrada. No me enfado con esta persona porque entiendo que por el calentón del partido puede pasar estas cosas, pero me preocupan que como profesional del medio pueda insultar porque sí a un entrenador amateur... ¿haría lo mismo con los ACB?

 

Sinceramente creo que muchos problemas del baloncesto amateur viene por el público que no entiende las reglas del deporte y se sobrexcita. También me pasó el domingo cuando vi el partido entre mi club y los compañeros de Castellón. Tanto en una como en otra grada se pasaron varios pueblos olvidándose de que abajo hay personas que tratan de disfrutar de su pasión. En mi caso, ya digo que me río de estas cosas y las descontextualizo en este blog para que podamos sonreír un momento. En cualquier caso flaco favor hace esta persona insultando y malmetiendo a un entrenador porque legitima a que los rivales insulten a su propio entrenador y, lo que es peor, da a lugar a que se calienten los ánimos y genera violencia.

 

Ojo y no quiero quedar de santo porque tengo más de diablo que de otra cosa, estas cosas tan bien me pasan porque, como me dijo un amigo, soy de mecha corta (verbalmente se entiende... nada que ver con lo que estáis pensando, eh), enseguida me enciendo y exploto. Supongo que ya debo tener una fama de entrenador cansino, de pesado y de protestón. Lo siento, pero es que ¡no puedo dejar de hablar! Me paso todo el partido hablando, no callo ni debajo del agua. Además yo siempre digo lo mismo: antes del partido hablo con todo el mundo, luego durante el partido discuto hasta conmigo mismo y después del partido vuelvo a hablar con todos. Es lo bueno que tiene el deporte y es lo que me decía el compañero de Castellón, al final lo que te llevas es el ir a los sitios y saludar a la gente. Yo y algunos compañeros lo entendemos así... hay otros que no. Una lástima.

Sitúense. Dos arriba, posesión de balón y tiempo muerto ¿ideal, verdad? Yo firmaba llegar así todos los partidos y en el último antes de Navidad se dio esa circunstancia. ¡It's Pizarra's time! Hice un diseño de jugada bien sencillo para coger el balón y jugar cuatro esquinas. La consigna era clara: nada de tirar, correr y si cae la falta no fallar.... O no. Está claro que a mis equipos lo de la ortodoxia baloncestística no les va. Para qué contemporizar si podemos arriesgarnos a meter (o fallar) lanzando a canasta. Nosotros siempre vamos a tope, siempre a por la canasta

 

Yo es que ya no sé para qué pido tiempos muertos luego nadie me hace ni puñetero caso y en aquella ocasión lejos de ir a las cuatro esquinas, mis chicas fueron directas a la cabeza: con dos bemoles y cero neuronas. Esta vez la suerte estuvo de nuestro lado y aunque fallaron el tiro capturaron el rebote. La victoria no se nos escapó y la Navidad comenzó con buen pie.

 

¡Ay qué bonita es la Navidad! Puedes dormir más, comer hasta hincharte y entrenar todos los días. Por qué sí, lejos de aprovechar para descansar estos días soy el típico friki que planifica entrenamientos siempre que el pabellón está abierto. Los normales no los perdono y siempre saco un par de días voluntarios (el año pasado entrené un 26 de diciembre, sábado por la mañana). Eso sí, siempre perdonamos algún día y aprovechamos los entrenadores para organizar alguna pachanguita con las jugadoras (creo que mi nivel pronto va a pasar de junior femenino a cadete o alevín), pero mayormente lo que se dice entrenar, nosotros entrenamos.

 

A mí me toca la parte divertida, esa que hace referencia a cuestiones tácticas como las ayudas del lado débil, cómo defender situaciones de cambios en los bloqueos y un sinfín de cosas que sirven más para tener la conciencia tranquila que ganar partidos porque dudo muchos que algo de lo visto lo apliquen.

 

El tema físico se lo dejo a mi segundo entrenador. Por que sí, digamos que yo soy el poli bueno. El que les hace correr poco y pensar menos. Ya tienen suficiente castigo conmigo en los partidos como para encima ponerme en plan psicokiller de la preparación física. Eso se lo dejo a otros y sus diabólicas mentes. Que sí Farlek por aquí que si Cooper por allá. Un sinfín de nombres que son recordados por la fatiga que causan sus ejercicios.

 

 

 

Realmente me lo paso genial viendo circuitos de fuerza, ejercicios de resistencia y demás perversiones físicas (para que nos vamos a engañar yo siempre fui de la escuela de Romario, correr lo justo... que es de cobardes).

 

Pero como todo no va a ser correr y sudar en la Navidad también hay espacio para la típica cena... aunque este año casi nos quedamos sin cena por mi culpa. Entre que yo por las noches trabajo y que los días libres eran muy festivos, la cena se hizo el 3 de enero, lunes. Quizá fue tarde y poco navideña pero estuvo bien. No faltó el regalo erótico para los entrenadores y si el año pasado me tocó a mí, en esta ocasión le tocó a mi segundo. Resulta increíble hasta dónde la imaginación de la gente, nunca pensé que un ratón de ordenador pudiera ser tan... erótico. A mí regalaron una sudadera (adidas, of course), una hucha para guardar las multas y una libreta, según ellas para anotar sus victorias. Con una servilleta hubiera servido

 

Por lo demás, intercambio de presentes y buenos deseos para el próximo año, ellas correr menos y yo que hagan más caso. En fin lo de todos los años.

 

Esperemos que el 2011 nos traiga a todos lo que tanto ansiamos.