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¿Nunca habéis sentido que el baloncesto es una válvula de escape? Siempre he considerado que, en ocasiones, este bendito deporte actúa como medicina que no se receta para problemas sin diagnóstico clínico. A veces el mundo se detiene un momento, te bajas de su frenético y a veces cruel caminar y te quedas sólo con tu equipo y el baloncesto. Este domingo, para mí, el baloncesto fue como coger aire fresco.

 

Además, el partido era de esos que como entrenador quieres jugar, pero que como jugador lo deseas por encima de todas las cosas. El rival nos había ganado en casa, su apuesta es la contraria a la nuestra (no entiendo cómo se puede dar un discurso positivo sobre la salud del baloncesto femenino cuando en las categorías de base la mediocridad se instala por el deseo de ganar en lugar de formar) y el ambiente que se fue creando es de los que hace más dulce la victoria.

 

Porque sí, el ambiente fue de todo menos agradable. La mala educación está claro que no entiende de edades, pero sigo sin entender como unos padres pueden insultar clara y abiertamente a jugadoras rivales. Y no fue una cosa de los nervios finales sino desde el principio. Como entrenadores ya habíamos avisado del problema educativo que hay en el colegio donde jugamos, si ganan va bien pero como las cosas se les tuerzan son capaces de llamar "hija de p..." a una niña de 15 años.

 

Y conforme se puso el partido tuvimos la suerte de tener un buen arbitraje (gran detalle el que tuvo uno de ellos al dirigirse a una jugadora y animarle ante los insultos del público). Vale que yo me quejé como pocas veces antes, que no me gustó que la violencia (sí, violencia) con la que se empleó el equipo rival no fuera castigada y que, al contrario, la apuesta por el baloncesto formativo se penara con faltas en nuestra presión a todo el campo. Claro esta es mi visión y los pobres colegiados la escucharon durante cuarenta minutos, los mismos en los que no dejé de motivar al equipo.

 

Porque hay partidos donde tus jugadores necesitan de tu táctica, de que seas capaz de leer el partido, pero en días como el de esta semana el partido era emocional y tú no eres entrenador sino psicólogo. De primeras para quitar nervios, luego para levantar el 22-10 con el que terminó el primer cuarto. En la segunda mitad había que provocar una reacción (más visceral que no de juego) y al final había que animar para golpear al rival donde más le dolía, en su orgullo.

 

No fue fácil, pero sí divertido. Al final del partido un árbitro me dijo que me calmara que cualquier día me podía dar algo, pero es que no me conocía. Básicamente cuanto más me insultan o me provocan, más me crezco y motivo. Y eso pasó cuando, en un lance de juego ante la agresividad desatada por un rival que ya se veía por debajo en el marcador, una jugadora mía golpeó con el codo a una rival... mientras intentaba lanzar a canasta. Rápidamente ordenamos que pidiera disculpas por un lance fortuito, pero el adversario no lo entendió y ya no sólo el público, sino que jugadoras y entrenador cruzaron la frontera de lo deportivo... eso fue su perdición.

 

El tiempo muerto siguiente fue muy claro y aleccionador: Nosotros jugamos a BALONCESTO y cuanto más BALONCESTO se juegue mejores seremos. Ahora yo no era una cuestión de ganar por la clasificación o nuestro amor propio, teníamos que ganar por todos los maleducados (un aficionado entró dentro del campo para gritar en la cara a un árbitro) que querían sacarnos de nuestras casillas. Pero ay amigos! uno puede ser bueno, regular o mal entrenador, pero lo que sí tengo claro es que se me da bien motivar al equipo y las jugadoras entendieron que era el momento de sacar todo el orgullo que llevaban dentro.

 

Nota: Quítenle todo el tono bélico del discurso y quédense con el valor emocional del mismo

 

Siempre les hablo de partidos de 40 minutos, de trabajarlos, de agarrarse al parqué en los malos momentos (clave fue el no venirse abajo al comienzo) y de volar en los buenos... pero a falta de 35 mis jugadoras hicieron click y dinamitaron el partido. En un partido emocional, siempre hay alguna canasta que vale mucho más que su propio valor cuantitativo. Sucedió con un 3+0, sí un triple anotado a tablero más adicional fallado. Era el castigo para los que apuestan por una zona que solo espera el fallo y solo se sostiene por la altura de sus jugadoras.

 

Ya estábamos allí. La hostilidad del ambiente había despertado al escuadrón de pequeñas avispas que está hecho mi equipo. El enjambre empezó a zumbar en los oídos del rival y a picar con una presión que, ahora sí rompía el partido. Mirad mi equipo es de 12 jugadoras, 12 tías honestas, justas de calidad pero de voluntad infranqueable que este año ha crecido en confianza a base de hostias y esta semana dieron toda una lección de madurez. No desistieron cuando la cerrada zona rival les provocar tirar a la primera, no cesaron en su empeño cuando la presión fue castigada con faltas y canastas por no hacerla bien. Sabían que, tarde o temprano, quien trabaja bien obtiene recompensa.

 

Con una rotación real de 10 jugadoras, el rival debía de ahogarse físicamente y así sucedió. Mi equipo, mucho más fresco que el rival, comenzó a robar los balones que antes no podía, llegó a cortar pases que antes eran canastas y, sobre todo, creció en animosidad (sinceramente, solté un par de ¡vamos! que ni el mismísimo Rafa Nadal).

 

Y claro, con el triunfo final explotó de felicidad el equipo. Verles el rostro de satisfacción es la recompensa con la que nos quedamos los entrenadores. En mí interior sé que hice el planteamiento correcto (en vista que mis pivots eran más bajas, aposté por aleros como interiores para crear desajustes con la versatilidad y movilidad de ellos), soy consciente que el enfado de la grada y las jugadores fue por el dominio emocional del partido por nuestra parte, pero todo ello no sirve de nada si mis jugadoras no hubieran sonreído al final del encuentro.

 

Lejos de la efusividad del momento estaba calmado y sereno. No puede haber mayor satisfacción de ver a tu equipo entregado a tus ideas y que estas les hacen felices... y eso no se muestra externamente se luce por dentro con mucho orgullo Tantos días de duros entrenamientos, de exigencia sin premio merecieron la pena por ver lo fuerte que gritaban en mitad de la pista tras haber ganado un duro partido. Fue lo justo para unos y otros.