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Supongo que muchos de vosotros habéis jugado una gran cantidad de partidos donde sabéis que vais a perder. Duele admitirlo, pero la mayor parte de nuestra vida es una derrota y frustración permanente. Son más las veces que perdemos que las que ganamos, pero hay días donde la derrota es muy clara.

 

A mí me tocó esta semana. Jugábamos contra las primeras y digamos que si hubiera dos mundos en nuestra categoría, ellas estarían en el superior. Pese a ello yo nunca regalo un partido y no quiero que mis equipos lo hagan. Estaba convencido que podíamos competir y como les dije en la charla previa competir en este caso era llegar a los últimos cinco minutos con un diferencial de + - 10 puntos. Llegar 15 abajo en el último cuarto también servía para demostrar que los dos mundos no eran tan ajenos. Era mi charla motivacional y el deseo que quería transmitir a mis jugadoras antes de saltar a jugar. Lo que pasará luego ya no era cosa mía.

 

Y entonces comenzó la pelea. Durante siete minutos fue un partido duro, donde los dos equipos se emplearon rozando los límites del reglamento. El rival no dejaba que pudiéramos pensar. No había pase fácil y costaba recibir el balón. Nosotras queríamos seguir esa intensidad y decirles ¡Hey, nosotras también jugamos duro! En esencia hubiera pagado por estar jugando porque siempre disfruté de esos encuentros donde al día siguiente te duele todo el cuerpo y tienes moratones en partes en las que ni siquiera pensabas que te habían pegado.

 

Sí, era hermoso porque era una pelea noble donde los dos equipos no iban a permitir que el rival sobrepasara el límite marcado por cada uno. Por un momento era como si aquello no fuera un partido entre dos mundos distintos sino uno propio de la rivalidad entre Knicks y Pacers. Era ver como Mason y Oakley buscaban intimidar a Reggie Miller o los Davis zurraban a Starks. Lo único es que en mi equipo nunca he tenido a una Reggie Miller.. Sheryll.

 

Habíamos aguantado siete minutos, creo que el marcador era 6-9 pero de repente todo cambió. No sé en qué momento del partido los árbitros levantaron las protestas de la afición contraria pero aquellas quejas causaron un efecto nocivo en la mentalidad de las mías. Es como si hubieran despertado a mis chicas y les dijeran “es imposible que estéis compitiendo”. Y entonces llegó el primer parcial. En tres minutos se fueron a los 10 puntos de ventaja, en un partido físico la endeblez de mis jugadoras pasaba y todo el trabajo que estábamos haciendo no servía de nada, veía el miedo en sus ojos. Cuando esto sucede sólo sé hacer una cosa: arengar al equipo y provocarle. Os he dicho que este era el típico partido que me hubiera gustado jugar, pero siendo honesto supongo que lo hubiera jugado desde el banquillo, agitando la toalla y utilizando el trash talking, algunas de mis pocas virtudes como jugador de baloncesto. Sin botas y con una pizarra en la mano busqué meterlas en el partido y creo que les dije algo como “nos está intimidando su juego, nos está intimidando su banquillo y nos está intimidando su grada”. No quería ofender a nadie, pero me preocupaba que ellas se sintieran inferiores al rival.

 

A duras penas campeamos el primer temporal, pero por el camino hubo una víctima: mis tiempos muertos. Había pedido los dos antes de terminar el primer cuarto para explicar lo mismo que había intentado enseñar a lo largo de la semana: la salida de presión. Fue frustrante, porque quería que el equipo compitiera y sentía que a cinco contra cinco lo podíamos hacer con dignidad, pero todo quedaba en nada porque nos desentendíamos del balón y no manteníamos el orden al salir de la presión.

 

Siempre he pensado que si un equipo no tiene ni la calidad, ni el físico o intensidad del rival, debe ser más inteligente. Delante teníamos una zona press 3-1-1 y sabíamos como superarla. Por muy buena que sea la presión, si mantienes un rigor táctico y mueves correctamente el balón, siempre hay espacios. El problema es que apenas lo pudimos hacer. Después de los tiempos muertos y la charla en el descanso, llegó el momento que muchos esperaba y ese fue cuando se me fue la pinza e hice un clásico: cambiar a cinco de golpe. No es la primera vez y lo hago cuando sé que algo que está mal pero no sé el qué. Desde la grada hoy un “ahora sí que está enfadado”. No les faltaba razón.

 

Superar una presión es difícil pero hacerlo sin bases es imposible. Yo tengo la desdicha de tener un equipo donde la que ha jugado de base más tiempo no quiere serlo y la que lo hace ahora nunca ha tenido tanta responsabilidad. Ojo, terminé muy orgulloso de ésta última, pero era imposible que saliera indemne de tan difícil misión. En vista de que hubo gente que se borró del partido, los tiempos muertos de la segunda parte fueron para que las que luchaban en la pista pudieran encontrar oxigeno porque la intensidad no decayó.

 

Poco importaba que fueran ganando de 30 o 40, la presión estuvo los 40 minutos y eso es algo que agradezco. No sé si a ellas les sirvió nuestra oposición, pero yo agradezco tener al menos un par de días al año la sensación de estar jugando un partido de verdad y seguro que a mis jugadoras les dolió perder de la forma en que se hizo, pero también estoy convencido que les hará ser mejores competidoras en un breve tiempo.

 

Con un minuto y medio por jugar agoté mi último tiempo muerto. Perdíamos de 45 y lo que planteé fue un partido a -5. Quería que vieran una situación de final ajustado a ver si éramos capaces de ganarlo (en este caso de perder por menos de 40). Los dos primeros ataques no acabaron en canasta y tampoco remontamos esos cinco puntos, pero al menos ese breve parcial lo ganamos por la mínima. Era la última guerra de guerrillas de una linda batalla deportiva.