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27/11/2007
Cadetebus2
La PSP salvó el viaje del aburrimiento

Es domingo, son las 21.30 y ya estoy en mi cama roncando. Sí, un horario más propio de un abuelete que de un veinteañero, pero que tiene su explicación en un estresante fin de semana que arrancaba el sábado.

 

Por mor del calendario esta semana no jugábamos en el habitual horario matinal de los sábados. NBA y a comer, por fin podía cocinar algo decentemente antes de irme con mi equipo de chicos. Esta semana jugábamos en casa y por tercera vez consecutiva anotamos 90 o más puntos. Nuestros partidos son mezcla de una peli de Chuck Norris y Psicosis: todos "disparan" y a más de uno se le va la pinza al poco de comenzar. Al final victoria por 90 a 74 y sexta victoria consecutiva. Tocaba cena.

 

Cualquier excusa es buena para cenar (creo que el equipo es la excusa para ir de cenas todo el año) y si además es el cumpleaños de uno del equipo el motivo es doble. Cena y botellón. No, no es muy saludable hacer botellón, pero menos es hacerlo la noche más fría del año. Somos así de espléndidos, prometimos no hacerlo nunca más en invierno, pero ahí estábamos. Total que llegué a casa bien tarde con la esperanza de entrar en calor viendo algún partido por Internet. Mi gozo en un pozo, incapaz de ver algo interesante por Internet o en la tele, acabé por resignarme e irme a dormir; ya tenía el despertador preparado para madrugar y ver más baloncesto.

 

De verdad, llevo muy mal eso de "trabajar" en domingo. Si Dios, que era todopoderoso, descansó el domingo, yo, que soy nadapoderoso, tengo al menos que descansar dos días. Menos mal que Dios aprieta, pero no ahoga e inventó la PSP. Bueno, quizás no la inventase él directamente, pero seguro que tuvo algo que ver porque es un regalo divino si tienes que encerrarte en un autobús una hora y media con 10 cadetes y algunos padres.

 

Fui previsor y me senté junto a Sofía; decía que tenía que estudiar y eso me permitiría echarme unas partiditas con tranquilidad. Como suele suceder en estos casos, estudió lo mismo que Clavijo... un pijo. Creo que todos sabíamos que no iba a hacer nada, pero yo al menos puede disfrutar con mi juego de tenis. Por la mañana había perdido Ferrer a manos de Federer, pero por la tarde mi PSP clamaba venganza, el suizo caería ante mis golpes de revés.

 

Casi dos horas después, por fin llegamos a Vinaroz y ahí nos esperaba un frío que pela. Llevo fatal eso del frío, me cambia la cara y me pongo de mala leche (siempre he dicho que si me cambio de casa me iré a algún sitio al sur del Puerto de Sagunto).

 

El rival de turno era un equipo invicto y con gran tradición. Durante toda la semana no había dejado de oír hablar de Vinaroz. Que si Vinaroz por aquí, que si Vinaroz por allá. Al final no sé si jugábamos contra un equipo cadete femenino, contra los Globetrotters o contra los Bulls del 96. La verdad es que nada verlas la cosa pintaba mal. Eran pequeñas, pero matonas. Siempre digo lo mismo, lo pequeños tenemos muy mala ostia y en estas categorías los equipos más peligrosos son los bajitos.

 

Como era de prever, nos presionaron a todo el campo y, como también era de prever, nos costaba horrores cruzar el medio campo. Menos mal que ellas no metían ni equivocándose. Ya en el segundo cuarto a mi me sobraba la ropa; ríete tú de Vinnie Johnson, yo sí soy un microondas y me caliento con muy poco. Las de Vinaroz agarraban, pegaban; más que un equipo de baloncesto parecían pequeñas ninjas de un clan de los Yakuza.

 

Al descanso palmábamos 18 a 10. Vale que son las mejores del grupo, pero si perdemos, lo tenemos que hacer con style, no metiendo 10 puntos. Tocaba bronca y creo que se oyó en toda la provincia de Castellón. No sé si es muy didáctico o qué, pero es lo que toca y ya sabéis que los entrenadores tenemos la misma empatía que un cactus mejicano.

 

Tras el descanso, más de lo mismo: fallamos canastas bajo el aro para aburrir, mientras ellas enchufaron tres triples ¡a tablero! Cada uno de los tablerone que nos metieron se clavó en mi cuerpo como puñales. Nos tiramos toda la vida enseñado a tirar correctamente, me bajo un post del gran Gonzalo Vázquez, se lo enseño a mis cadetes para que se fijen y luego llega un equipo que te mete tres ladrillazos contra el tablero y tirando desde el ombligo... pa' mear y no echar gota.

 

De perdidos al río. Presión nosotros también, pero nos superan y ya lo único que me queda es poner nerviosa a una del equipo contrario. En ocasiones, pienso que soy más niño que mis propias jugadoras, y el domingo me salió la vena infantil. Resulta que la chiquilla en cuestión había estado vacilando un poco a las mías y eso no lo permito, así que me dediqué a gritar para ver si se ponía nerviosa: Con la izquierda no sabe botar, déjale que no la mete, y demás flores para cada vez ponerla más nerviosa. Sé que está mal hecho pero es que la niña se nos quedó mirando desafiante y había que aceptar el reto. Desde entonces no metió ni una canasta, pero yo estaba acojonado porque sabía que como metiera una (y más con la izquierda) nos la iba a dedicar al banquillo y no sería la primera vez que nos lo hacen. Entre eso y mi grito de ¡quiero sangre! (en referencia a la parsimonia con la nula capacidad de reacción ante las hostias que nos estaban dando) seguro que dejé una imagen de energúmeno total; menos mal que estos partidos no los ve ni el Tato.

 

Tras perder tocaba regresar y merendar. El partido había comenzado a las 16.00, hora habitual para mi desayuno los domingos, con lo que al terminar el encuentro tenía más hambre que un perro chico. Como es normal, le robé la merienda a mis cadetes y me puse a ver una peli en el Ipod de Sofía. ¡Señores, qué invento el Ipod! Vimos American Pie I y III (no me pregunté la lógica, porque yo tampoco se la encuentro) y por fin llegamos a las 20.00 a casa. Había salido ocho horas antes y estaba molido. Llegué y me puse a ver a los Raptors, con lo que Mitchell y sus decisiones terminaron de rematar el domingo. Esta vez no pudo ser, a ver si en el próximo viaje hay más suerte.