ACBBlogs
03/10/2009
Hace días que acabó el verano. Lo sé porque estoy de regreso de mis ¿vacaciones? Tengo un resfriado que no se termina de ir y en más de una semana han llovido 300 l/m2... cosas de la gota fría en el Levante.

 

Es octubre y faltan pocos días para que la temporada eche a rodar. La de las estrellas, la ACB, y la de los estrellados. Como cada año (y ya van unos cuantos) volveré a estar dirigiendo un equipo; una temporada más volverán las prisas, el ir corriendo a todos los sitios y siempre llegar tarde, los entrenamientos planificados, los enfados... y total ¿para qué?

 

En casa se preguntan qué necesidad tengo yo de meterme en semejante jaleo. No les falta razón. Con dos trabajos por delante y dos casas que llevar, lo único que tengo garantizado es que si no hiciera nada más no estaría aburrido... ¿o si?

 

La respuesta a por qué entreno es bien sencilla. Porque me gusta el baloncesto. Tengo asumido que eso de jugar ya es cosa del verano por lo que tengo que matar el vicio escribiendo y entrenando. Reconozco que como entrenador soy muy limitado, ni tengo el carácter, ni tampoco el conocimiento necesario para llevar la contraria a los puristas que leen y critican este blog.

 

Entonces ¿por qué entrenar? Pues porque existe otra realidad ajena a las medallas, a las estrellas, a la NBA, ACB o la Euroliga. Existe una realidad donde entrenar supone practicar un deporte que te gusta, tratar de mejorar desde la humildad y el conocimiento del que sabe que no llegará lejos y pasarlo bien sin grandes intenciones. Esa es la realidad en la que me muevo.

 

Los especialistas reflexionan sobre si las ligas españolas (e incluyo la femenina) sabrán aprovechar los éxitos de las selecciones (y destaco los de las femeninas) durante el verano. Mi problema es otro.

 

Antes de irme de vacaciones empecé a entrenar a un equipo junior femenino con 12 jugadoras; a mi vuelta tenía sólo 9. Una chica comenzó a trabajar, las otras dos tenían diferentes dudas. Por suerte, he convencido a estas dos últimas para que jueguen. Y digo suerte porque parece ser que encontrar a gente que quiera practicar baloncesto es una suerte o una bendición.

 

Yo no entiendo que no haya 12 mujeres en edad junior que no quieran jugar al deporte que tanto me apasiona. Vivo en un municipio de casi 75.000 así que podéis imaginaros la gracia que me hace cuando escucho que el número de licencias se dispara.

 

 

 

 

La escasez de entrenadores y entrenadoras con título creo que es lo que me permite a estas alturas de la historia poder seguir vendiendo humo en el club e incluso elegir equipo. Este año el estrés laboral aconsejó elegir sólo uno (llevo cuatro años con dos equipos) y elegí a un grupo de chicas que conocía de etapa cadete.

 

Quería entrenarlas y ahora me cuestiono el querer hacerlo antes de empezar la primera jornada. No penséis que es porque nos han ascendido a una categoría muy superior a nuestro nivel o porque las jugadoras no tengan la calidad que yo puedo exigir (si es que estoy para exigir algo). Simplemente se trata de un tema de egoísmo.

 

Los entrenadores, este año somos dos, ponemos todo nuestro esfuerzo y tiempo en hacerlo lo mejor posible y de momento sólo percibo indiferencia y mucho egoísmo. Lejos de agradecer el detalle de entrenar algún día dos horas, lo critican... al igual que critican los horarios.

 

Lo que no saben es que en un municipio con cinco pabellones apenas tenemos disponibilidad de horarios. Todas tienen diferentes actividades extraescolares y para hacer cuadrar horarios  hay que entrenar un día no previsto en un colegio cuya pista no tiene ni las dimensiones ni las líneas propias de una cancha de baloncesto.

 

Quizá hoy todo lo vea en negativo (creo que es la única manera de ver las cosas si queremos cambiarlas y mejorar) pero cuando nos hablan de la edad dorada del baloncesto yo siempre les recuerdo que hay otro baloncesto, el de abajo. Un baloncesto donde se recortan licencias, se reducen categorías y los equipos que hay no luchan por ser profesionales, ganar trofeos o sacar estrellas; sino que está formado por gente que sólo quiere pasar un buen rato aprendiendo y mejorando, si las condiciones externas se lo permiten, en un deporte que más o menos les gusta. Esta es mi realidad y el día a día con el que voy a convivir toda esta temporada.

 

Perdónenme si hoy no tengo motivos para alegrarles este rato de lectura, pero prometo que la próxima vez seré más positivo. Al fin y al cabo, después de la gota fría hoy el sol brilla en el cielo.