Esta semana, como en botica, ha habido de todo, cosas buenas y cosas malas. Por extraño que parezca lo mejor fue el partido que perdimos, y ¿por qué una derrota puede ser positiva?
Pues porque fue un partido bonito de jugar con dos equipos en formación y con ganas de jugar al ba-lon-ces-to. A pesar de perder, noté mejoría en algunos de los míos, los más jóvenes jugaron más desinhibidos y después de una bronca sentí que el equipo estaba más unido y desde el banquillo se animaba.
Además el partido me dio la oportunidad de saludar a un antiguo rival. Es agradable ver como la gente se acuerda y viene a saludar y hablar del equipo, el baloncesto y el blog, es la parte que más me gusta del baloncesto, conocer nueva gente.
Pero claro también hubo cosas malas y la primera fue mi lamentable dirección. Nos metieron un parcial de 15-0 en el primer cuarto que fue culpa mía. Dominábamos en el marcador y empecé a rotar al equipo (me gusta que todos jueguen y que, antes del descanso, nadie esté más de cinco o seis minutos seguidos). Sinceramente, me parece que esta vez la jugada me salió mal y enfrié un partido que teníamos controlado.
Por delante quedaban treinta minutos, pero al ver el resultado final creo que la cagué en ese momento y quizá sin ese fallo se podía haber ganado el partido. Mea culpa.
También los jugadores tuvieron su parte de culpa porque salieron confiados y poco concentrado, pero claro, es que es un asco jugar un domingo. Entre la fiesta de unos y el atracón de pizzas de otros, es imposible que lleguemos sanos el domingo. Pizzas sí. En vista de que nos faltan kilos en la pintura decidimos hacer una terapia de choque: Pizza familiar por cabeza. Lo malo es que nos reunimos el backcourt y el entrenador que seguramente es al que menos falta le hace ganar kilos ¡Pero si la pizza era más grande que yo!

Pero vayamos al grano de esta entrada. Se acaban de cargar a Katsikaris (injustamente para el miembro número uno de su club de fans) e Isma Cantó es cuestionado con lo que me da que ser entrenador en Valencia es una profesión de alto riesgo.
Y es que con el carnet de entrenador también nos dan el título oficial de comedor de marrones, es decir, a browns eater. De hecho tras terminar el partido me llamó mi coordinador y pensé que ya me cesaba, pero no, no coló… una lástima, jejeje.
Ahora bien no me libré de mis propios marrones y es que después de echar broncas durante las últimas semanas, en esta ocasión me tocó recibir mi propia medicina. Antes, durante y después del partido recibí recaditos sobre lo que tenía y no tenía que hacer.
Algunos más alterados que otros, pero creo que casi todos, en algún momento del partido me preguntaron por mis decisiones. Ojo, no me molestó porque sé que cada uno lo hace por el bien del equipo, pero como entrenador debo de tener la cabeza más fría y pensar en el plano colectivo (de hecho con todo lo mal que lo hicimos unos y otros, el último balón lo tuvimos para empatar, pero el triple no quiso entrar). Como les dije durante el partido, ganamos y perdemos como equipo, no como individualidades.
Lo que os quiero decir es que es muy complicado ser entrenador y tener contentos a todos. De hecho es complicado, pero se debe intentar. Aunque claro, al final todo esto va sumando y desgasta y no me quiero imaginar que si a mi me desgasta y no tengo ninguna presión, lo mal que lo puede pasar un entrenador de verdad… Quizá sea esto a lo que se refiere Javier Imbroda al hablar de la soledad del entrenador.
PD: Gracias a todos los que escribisteis sobre el post de la semana. Tanto a los que defendían mi postura como, sobre todo, los que la criticaban, gracias.
Al final se tata de aprender y de las críticas se aprende mucho. En la medida de lo posible me gustaría pasarme por el foro y contestaros allí ya que considero que es el lugar idóneo.
