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Enrique, mi presi y un crack en toda regla

Se acerca el verano, terminan las ligas y llega la hora de los equipos nacionales. Es el momento de las grandes citas, donde las audiencias se disparan y todos se enfundan la camiseta nacional. Hemos vivido años de bonanza y ojalá que estos se puedan prolongar un verano más. De ser así volveremos a vivir días de alegría y declaraciones donde todos se apunten el éxito logrado. Hay una genial al respecto que dice: "La victoria tiene muchos padres, mientras que la derrota es huérfana".

 

Este éxito, claramente, tiene los nombres y apellidos de cada uno de los deportistas (y aquí incluyo a entrenadores y preparadores) que participan en él, pero si tenemos que hablar de organismos y entidades ¿a quién pertenece el éxito de un equipo nacional?

 

Lógicamente es un trabajo de conjunto que comienza desde una fuerte base y acaba en la élite del deporte. En otras palabras, se trata de una pirámide del éxito.

 

Como tal, el vértice es lo que sobresale y lo que más fácilmente ve el aficionado general. Estaríamos ante las federaciones nacionales y regionales. Sin embargo, su parte del éxito debe ser relativa porque, sí, hay concentraciones a lo largo del año, muchos técnicos haciendo trabajo en la sombra y todos los veranos hay campeonatos donde perfeccionar al jugador, pero el día a día de la formación de los jugadores corresponde a sus clubes.

 

Entraríamos en una segunda parte de la pirámide. Aquí la base se ensancha y por lo tanto es mayor la responsabilidad sobre el éxito (y también del fracaso). Lo mas evidente son los clubes ACB. En ellos, los jugadores terminan de formarse y compiten al más alto nivel. Equipos como los de MMT Estudiantes o DKV Joventut (por decir dos de los más representativos) dan la oportunidad de ver todo el potencial de los Rudy Fernández, Carlos Jiménez, Berni Rodríguez, Juan Carlos Navarro...

 

Un escalón más abajo están las canteras de los clubes. Grandes culpables de que cada día salgan jugadores de mayor calidad y el baloncesto crezca en cada país. Entrenan todos los días y son los que desde pequeños educan y forman a lo que serán las estrellas. Si no hubieran entidades y personas que les dedicaran miles de horas, haga frío, haga calor, no podríamos disfrutar de instantes de éxito. Para todos ellos el mayor de los reconocimientos.

 

Y por último, pero no por ello menos importante, hay que destacar el trabajo de los colegios y clubes más modestos. No es fácil ver aquí su parte del éxito, pero forman la base de esta pirámide y por extensión del baloncesto. En ellos miles de niñ@s practican su deporte preferido sin importarles si el día de mañana serán o nos estrellas. Lo que importa es divertirse y practicar deporte. Lo que no sé si mucha gente se da cuenta es que no podríamos ver a un gran Marc Gasol dominar la liga o a un Felipe Reyes se pívot dominante en Europa si antes no hubieran jugado en el colegio. Porque para que haya una estrella mucho antes han debido de haber otros nueve jugadores con los que jugar, competir y divertirse.

 

Se trata de nombres anónimos; son los amigos de colegio de Víctor Sada, los primeros entrenadores de Carlos Cabezas o el presidente del primer club de Jordi Trias. Sin todos ellos, no llegarían los éxitos posteriores.

 

Son personas, como Enrique mi presidente, que trabajan en el anonimato y que no piden nada a cambio. Veréis, en esto del baloncesto admiro a periodistas, jugadores y entrenadores, pero ante pocas personas me quitaría el sombrero como lo hago con mi ‘presi'.

 

Ahora que está a punto de jubilarse (ya inventaremos algo para que no lo haga) es justo reconocer el trabajo de un autentico crack. Como el presidente de todo club modesto, Enrique se ha multiplicado en los últimos años para hacer de presidente, tesorero, administrativo y demás funciones. Una labor oscura, a veces desagradable donde ha invertido mucho tiempo y dinero a cambio de nada, bueno no, a cambio de ver que en su pueblo se practica el deporte que tanto ama (tendríais que ver la cara de felicidad con la que entrena a las categorías alevines e infantiles, creo que se divierte más que las propias niñas).

 

Personalmente le debo el hecho de confiar, incluso sin tener el título de entrenador, en mi persona para llevar uno de los equipos. Fue años atrás cuando como entrenador rookie tuve que hacer frente a un equipo senior. Todos sabíamos que no estaba preparado para el reto y seguramente le fallé a él y al grupo de jugadoras que dirigí. La cagué pero aún en la derrota nunca hubo una mala palabra, más bien lo contrario: ánimos y confianza. Personas como él hacen más grande este deporte y sin ellos el baloncesto modesto, de "patio de colegio" no podría tirar para adelante.

 

Si un campeonato, si una medalla se pudiera dividir entre todas las personas responsables de su consecución, estoy seguro que Enrique (al igual que cada uno de los presidentes, entrenadores y jugadores de base) tendría su parte de medalla, de éxito.