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¿Tiene sentido realizar largos viajes los fines de semana? ¿Compensa la dedicación de horas planificando entrenamientos y partidos? ¿Merecen la pena todos esos enfados y disgustos? Seguro que sí.

 

Muchas veces cuando uno entrena se pregunta si no está perdiendo el tiempo. Está claro que la inmensa mayoría no lo hacemos como una alternativa laboral, tampoco es una solución económica entonces ¿por qué entrenamos?

 

Razones o excusas tenemos muchas, pero la única realidad es que este deporte nos apasiona y por eso le dedicamos tantas horas, esfuerzo y horas de sueño a una actividad en la que sufrimos más que disfrutamos. Eso sí cuando disfrutamos, lo hacemos a lo grande.

 

Yo encontré en un autobús la razón por la cual me merece seguir entrenador. Eran las 22 de la noche del domingo y el equipo regresaba de jugar en Castellón y ver la sonrisa de mis juniors era la mejor recompensa que podía tener. Allí en el autobús, mezclado entre ellas, haciendo bromas y riéndome con ellas comprendí que por mucho que me queje (y escriba aquí mis quejas) al final estos pequeños ratos, estos pequeños gestos hacen que merezca la pena entrenar.

 

Horas antes jugábamos contra un rival directo en nuestra particular liga. Enfrente teníamos un equipo de verdad, que quiere correr, presionar, defender y, lo más importante, defender. Y, para ser sinceros, yo pensaba que íbamos a perder.

 

No sé si os ocurrirá a vosotros, pero normalmente cuando viajamos fuera mi equipo se "dispersa" en el autobús. Siempre nos cuesta ganar partidos fuera y es porque muchas veces empezamos desconcentradas. Además, algunas jugadoras habían pasado gripe A y los exámenes y otras lesiones me dejaban con 10 jugadoras.

 

Si a todo ello añadimos un rival fuerte y un mal inicio, a los cinco minutos yo pensaba que nos caía la del pulpo. Empezamos 12-3 y me dijeron que llegamos a ir perdiendo de 16, pero de repente todo cambio. En un par de minutos la presión que no nos salía, funcionó y la defensa inexistente comenzó a aparecer. Por primera vez, los típicos minutos de locura que hay en estas categorías nos ayudaban y al descanso perdíamos "sólo" de tres.

 

No parecía mal panorama, pero tenía dos problemas: el cansancio de alguna jugadora importante y las faltas personales. Veréis, llegué al descanso con la más jugona del equipo (que no quiero decir que sea la mejor) con 4 faltas y me la jugué poniéndola en el inicio de la segunda mitad.

 

Tenía claro que no podía permitir una segunda escapada y en el banquillo no me servía. Todo o nada. Una jugadora inteligente puede jugar fuerte sin hacer faltas y la jugada me salió perfecta. Fue todo tan bien que la senté pronto y cuando entró era para rematar la faena. El partido lo habían ganado otras.

 

Ganamos el partido en el aspecto emocional. Antes del encuentro, en la charla, les recalqué el hecho de que no eran ni mejores ni peores que nadie si se esforzaban y que un partido tan duro duraba 40 minutos y había que aguantar hasta el último segundo.

 

Por una vez y sin que sirva de precedente me hicieron caso y fueron a más. Cada acción positiva en defensa les hacía mejores en ataque (para ser justos, nos entró todo al final y no creo que tengamos tanto acierto muchas veces más). Ellas se crecían tanto que hasta dos de mis chicas se tiraban al suelo. Al ver esa acción, desde el banquillo me apuntaron: ¿estarás contento, no? Respondí en tono de broma: Contento no, excitado. Eso es lo que quiero en mi equipo que luchen todas, porque si lo hacen en defensa confío plenamente en su capacidad de ataque (es lo que mejor puedo entrenar).

 

Debo reconocer que nos faltaron cosas, porque si bien es cierto que el run and gun del último cuarto me "pone" mucho, también creo que deben de leer el partido y controlar ciertas situaciones... cuando tenga a Nash y Stoudemire en el equipo ya jugaremos ataque de cinco segundos.

 

La cosa fue tan redonda que al final del partido los padres incluso me felicitaron (por un momento pensaba que era en plan de coña, pero al ver que era en serio aluciné... ¡Si no he hecho nada nuevo!) Tengo claro que no tengo ningún mérito en la victoria, sólo quizá el ser el pesado que cuando sus jugadoras pierden o ganan por 50 puntos les sigue metiendo caña para que corran y defiendan.

 

Tras el partido, mi compañero les dijo (y sé que les gustó) que ganaron por el corazón y no por la calidad. No le falta razón, pero quiero pensar y así se lo dije, que la victoria no se había producido en la segunda parte, sino mucho antes. Era una victoria que venía del día a día, de mis enfados, del parar entrenamientos para corregir detalles, del hacer cosas "diferentes", pero, sobre todo, de hacerles pensar que si bien esto es un juego para divertirse, competir y esforzarse hace que todo sea más divertido.

 

Estoy seguro que todos nosotros disfrutamos más de una victoria trabajada, quizá inesperada, que cuando se gana de paliza. Yo les veía su cara de felicidad en el bus y entendía que ellas compartían esa sensación. Hasta la jugadora que nunca sonríe reconocía que había disfrutado.

 

Ese es el premio que nos llevamos los entrenadores, ver a nuestros jugadores felices. Quizá nunca agradezcan el esfuerzo que hacemos, pero implícitamente lo hacen con su felicidad.

 

Esta ha sido la razón que tengo para seguir entrenando ¿Cuál es la vuestra?