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La temporada ha tocado a su fin con los cadetes y la verdad no puedo decir que se me haya hecho corta. Han sido nueve meses larguísimos, donde hemos dado zanahorias, palos y sacado el látigo cuando era necesario, aunque como siempre los pescadetes se me han subido a las barbas. Y es que a estos chavales les das la mano y te cogen el brazo.

 

Ahora estoy en plan Bisbal o Bustamante, es decir, haciendo bolos veraniegos por los pueblos. El espectáculo es como el de las varietés de antaño: yo hago de ventrílocuo loco cuando empiezo a hacer aspavientos y maldecir en varios idiomas, también tenemos a los típicos graciosos e incluso alguno que otro que da el cante... vamos que sólo nos falta la mujer que se destape y enseñe algo de pechuga.

 

Bueno el tema de hoy viene, precisamente, de uno de los bolos de este final de curso. Resulta que la semana pasada me tocó ir a Valencia a jugar y sólo se digno a venir con nosotros los padres de un jugador. Durante todo el año he ido sorteando el desinterés creciente de los padres y, más o menos, he conseguido que a todos los viajes hubieran los suficientes coches para no coger el mío ¿Por qué no quiero coger mi coche?

 

Primero porque tengo más peligro al volante que Takuma Sato en uno de esos días gloriosos donde se empotraba contra todo el que se pusiera en medio. Segundo porque no me pagan para compensar la gasolina, que mi coche no es diesel y chupa un copón. Y, por último, paso de tener algún toque y que me pidan explicaciones los padres. Porque sí, para llevar a sus hijos igual no tienen tiempo, pero para reclamar seguro que sacarían tiempo, ganas y mala leche.

 

Puede que me moleste el hecho de no tener medios de transporte, pero lo que más me molesta es el desinterés que tienen los padres por lo que hacen sus hijos. Bien es cierto que no todos son así y muchos han cumplido desde el primer al último día, pero hay padres a los que ni conozco. Ni siquiera vinieron un día que jugamos en Navidad y acabamos viendo un partido del Pamesa Valencia en la fonteta.

 

Hace meses leía con tristeza el blog de Naia Fernández. Y digo con tristeza porque al leerla (esto sí que es un blog serio y no como éste) me daba envidia de ver como los padres de sus equipos acudían y animaban sin parar. También recordaba una charla que dio para la Copa del Rey gente como Pepu Hernández, EpiEsteve Rubio (padre de Ricky Rubio) y donde se enfatizó la importancia de los padres.

 

Supongo que cada familia es un mundo y que todos tienen agendas apretadas, pero yo echo de menos ver a los padres que se interesan por lo que hacen sus hijos, les animan y ayudan a practicar su ocio. Luego nos quejamos del desinterés de los jóvenes de hoy en día y que no pegan un palo al agua, pero claro, viendo lo que he visto este año, empiezo a entenderlo.

 

Resulta muy triste ver como en cada partido como local habían más padres del rival que de los nuestros y cómo se oían más sus ánimos y protestas a los árbitros que los nuestros ¡todo el año he jugado como visitante!

 

No soy muy optimista de cara la futuro, pero bueno. Dios no quiera por el bien de la humanidad y la salud mental de la criatura, pero si yo algún día tengo un hijo (Martin Quentin o LaMarcus  de nombre) intentaré estar encima y ayudarle sin agobiar y dejando al os entrenadores que hagan su trabajo (que todos conocemos al típico padre que se cree entrenador). Eso sí, si mi hijo sale futbolista lo desheredo.