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Estimado lector tenga a bien disculpar mi tardanza por actualizar este pequeño espacio que renuevo periódicamente con las habituales dosis de mucha locura, poca gracia y nulo raciocinio que me permiten mis neuronas. Podría decirle que anduve atareado en verano, que la vuelta al cole fue extremadamente ajetreada y que la frágil estabilidad emocional de un servidor sufrió más de algún movimiento convulso. Todas son respuestas extremadamente ciertas y banales. La única verdad es que no me atrevía a ponerme de nuevo delante del ordenador para seguir contando historias a las que no siempre encuentro la utilidad para el lector (salvo para construir un compendio del qué no hacer) y por su puesto no sé hasta qué punto resultan del interés.

 

Sin embargo,  lo malo de hablar mucho y pensar más es que de repente te llega el más simple de los sucesos y te hace escribir de ello. Certifico que mi vuelta al mundo bloggero estaba programada de otra forma, pero lo ocurrido este domingo me ha obligado a dar un giro de 180º al discurso programado.

 

Quien sea habitual lector de estas paginas recordará que muy difícilmente he realizado exposición alguna sobre mi relación con los árbitros, sólo en una ocasión me refería a uno de ellos cuando vilmente puso una demanda contra un jugador y me tocó declarar en los juzgados (que quede constancia que el juez nos dio la razón). Sin embargo, hoy voy a romper la costumbre para contaros la anécdota que sucedió este domingo.

 

No sé si lo sabrán pero desde hace un tiempo mi federación autonómica anda metiendo a nuevos árbitros en los partidos. Normalmente les hacen coincidir con otros expertos para aprender, coger experiencia y si se equivocan pues que no tenga mucha incidencia. Me parece una idea fantástica porque todo lo que sea fomentar la participación y llegada de nueva gente creo que debe ser, por lo menos aplaudida. Pues bien, este domingo me pitó un árbitro que era la primera vez que dirigía un encuentro. No os voy a engañar, se le vio algo nervioso, errático en decisiones y señalizaciones, pero honesto. Desde luego que no lo hizo mal, o vaya, no intervino en el resultado (y os digo esto habiendo perdido) por lo que me sorprendió que al final del encuentro viniera y me dijera. "Disculpa si me he equivocado más de la cuenta porque es el primer partido que pito".

 

¿Disculpa por qué? ¿Por invertir tu tiempo haciendo una actividad mal pagada y muchas veces desagradecida? Miren no. Las gracias las tenemos que dar los jugadores y entrenadores porque sin árbitros no habría partidos de baloncesto.

 

Muchas veces me habréis oído quejarme de la falta de jugadores/as, cuesta un mundo encontrar a gente implicada en la práctica del deporte. Sé que a nivel de clubs pasa lo mismo con los entrenadores (nuestra federación tampoco ayuda en nada a que hayan más entrenadores), pues imaginaros lo que debe ser encontrar gente joven que quiera pitar. Mi trabajo es fácil, me gusta y a veces tengo la recompensa de ganar algún partido y/o hacer amistades, pero ¿qué premio tiene un árbitro? Lo suyo sí que es vocacional porque para lo que les pagan no merece la pena meterse en viajes de fin de semana y tener que sufrir a los pesados de los entrenadores, jugadores y mucho menos los típicos insultos de la grada.

 

 

 

Me impacto el gesto y de veras que es muy de agradecer, pero no hacía falta y creo que no debe hacerlo más porque un árbitro tiene que transmitir seguridad y no permitir que nadie se le suba a la chepa... sin tampoco caer en posturas dictatoriales (que también los hay). Lo que tiene que hacer es aprender de sus errores y confiar en lo que ve, eso siempre será sinónimo de buen arbitraje. Como entrenador no pido más, si se equivoca pero es honesto no pasa nada, seguro que yo me equivoco mucho más que él.

 

En ocasiones creo que los que estamos metidos en el baloncesto infravaloramos y despreciamos su labor sin saber lo difícil que es. Partiendo de la base de su total honestidad, creo que es muy difícil arbitrar porque todo el mundo protesta. He pitado algunos partidos e incluso mis jugadores/as me han protestado lo que pitaba por lo que no me quiero imaginar lo fácil y cobarde resulta insultar a una persona que no conoces y no sabes si vas a volver a ver.

 

Con esto no quiero que penséis que soy un santo, sería una hipocresía por mi parte. Yo soy el primero que protesta. Como siempre digo soy un entrenador efervescente, el típico que ve una cosa y grita ¡falta! ¡pasos! pero que rápidamente se calla. Antes me pitaban más técnicas porque estaba acostumbrado a ver a los colegiados ACB y pensaba que se podía protestar y dialogar más, ahora me he acostumbrado a que debo medir más mi ímpetu y, aunque me paso todo el partido hablando con ellos, intento tener bastante buen rollo y siempre intento ver que más allá del árbitro hay un chaval joven o un hombre que intenta disfrutar de mi misma afición aunque de manera diferente.

 

Ojalá el chico que este domingo comenzó su experiencia en el arbitraje, pueda pitarme muchos años porque estoy seguro que, si es honesto, lo hará mejor. No sé si todos los entrenadores podremos decir lo mismo.

 

PD: Mi yo cabroncete no podía quedarse al margen en este regreso y debo deciros que viendo que el árbitro era novato intenté meterle cierta presión para ver si podía pitarme algo a favor. Sí lo sé, está mal hecho, pero nunca os dije que fuera un entrenador modélico.