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No es un misterio, todos tenemos días tontos, esos donde los cables se nos cruzan más de lo normal y todo parece sentarnos mal pero ¿Cómo nos afecta eso cuando somos entrenadores?

 

Es inevitable que un mal día en el trabajo, en casa o con los amigos tenga su consecuencia directa en los entrenamientos. Quien más o quien menos que entrena de forma "altruista" antes de llegar la hora de ponerse el chándal tiene muchos elementos externos que influyen.

 

Para empezar es el trabajo. Sería más fácil si tu trabajo es entrenar, entonces ahí no tienes escapatoria y todo va junto, pero lo normal es que tu jefe no sea el presidente del club sino un tío predispuesto mentalmente a amargarte el día con trabajo mientras tú lo que deseas es tener cinco minutos libres para conectarte a Google y poner "ejercicios de contraataque en el baloncesto". Parece que no se da cuenta, si no te deja respirar en la oficina al final te toca preparar el entrenamiento en tu casa!!!

 

Y a todo ello hay que añadir la familia y los colegas. Esa gente que no entiende que no puedes ir al Mercadona más tarde de las 18 h. porque sino no llegas a tiempo al entrene o esos benditos canallas que se van de fiesta poniéndote los dientes largos porque tú el sábado por la mañana te levantas a las ocho para jugar con tus peques en un colegio al aire libre... y con el frío que hace.

 

Claro todo ello hace que en un día se produzca una conjunción astral y todo se salga mal, entonces ¿con qué moral afrontamos una hora y media de entrenamientos? Habrá gente muy paciente y que sabrá separar historias personales pero yo no soy uno de ellos y el día que vengo cruzado se nota y me lo notan.

 

Lamentablemente esos días no son uno al mes o cada quince días sino que cada vez es más frecuente y es que debo reconocer que cada vez tengo menos paciencia. Antes era de los de nunca gritar, dialogar y sonreír, pero ahora reconozco que me cuesta más sonreír y menos gritar. Dicen que la confianza da asco y puede ser que tengan razón.

 

El genial Andrés montes llamó un día a Dirk Nowitzki "vinagreta" porque se le veía mucho más enfadado que cuando estaba en sus primeros años de NBA. Pues bien, ese apodo va perfectamente conmigo y en ocasiones es como si estuviera enfado (con o sin razón) con el mundo. Ojo,  a esto también ayudan ciertos jugadores y equipos, porque no me negaréis que hay jugadores especialistas en sacarte de tus casillas y equipos que funcionan mucho más en un estado permanente de bronca.

 

Lo siento pero no va conmigo. Puedo reconocer que ahora tengo menos paciencia, que las constantes interrupciones y preguntas ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué? hacen que un día pegue una voz o que me moleste terriblemente tirarme la mitad de un ejercicio explicándolo o corrigiendo porque no sale según se quiere. Eso es una cosa, pero lo de tener que fruncir el ceño para que tus jugadores o jugadoras te hagan caso y den el máximo es otra bien distinta.

 

Las transfusiones de sangre se hacen en los hospitales no en los entrenamientos o partidos. Soy de los que opinan que nadie tiene que "despertarte", las ganas y el esfuerzo debe algo ser intrínseco. Lo que sucede es que después de comprobar que cuesta tanto hacérselo ver a la gente uno acaba entrenando enfado y eso que antes era un mal día se convierte en una constante y el entrenar lejos de ser una válvula de escape al los problemas del día a día se convierte en algo desagradable para el entrenador y para sus jugadores y jugadoras. Eso es un peligro porque cuando uno deja de sonreír, el baloncesto no tiene sentido.