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Este pasado domingo fue un día especial para unas personas muy especiales. Era el fin de fiesta del equipo infantil de mi club y las jugadoras y los padres habían organizado una jornada de confraternización. Prepararon un partido donde jugaron padres y madres contra hijas en lo que sería el previo a la comida que cerraría la temporada.

 

Este tipo de jornadas hablaban muy bien del ambiente del equipo de los lazos de unión que se crean dentro de él. Ya no es sólo que las jugadoras sean auténticas amigas o que exista una fantástica relación entre las jugadoras con su entrenadora Maribel, sino que es increíble el ánimo y el apoyo que recibe el equipo por parte de los padres.

 

Hace unos meses tuve la oportunidad de llevar al equipo, conocer a los padres durante un corto período de tiempo y puedo asegurar que pocas veces me he encontrado con un grupo humano tan bueno. Como entrenador, tener a unas jugadoras que te respetan y quieren y unos padres que apoyan el equipo es un auténtico tesoro que hay que saber cuidar. Pero claro, todo esto no es fruto de la suerte y sin duda que la entrenadora hace mucho porque todo sea tan especial.

 

Total, que la fiesta del domingo fue de las de grabar en video y colgar en el Facebook. Lo único serio del partido de baloncesto fue el balón y las canastas porque todo lo demás destilaba aroma a cachondeo. Ver a las madres botando el balón a dos manos, a un padre con la mítica camiseta de Fernando (el jugador del Valencia CF) o a otro con una peluca pelirroja no tiene precio. Eso sí, lo mejor de todo fue ver a un padre arbitrando con unas gafas que ni el mismísimo Elton John. Era el sueño de cualquier entrenador y seguro que a éste no se le podía decir ¡árbitro, ponte gafas! Ya las llevaba... y bien grandes que eran.

 

 

 

Gafas que no le sirvieron para disimular su tremenda parcialidad barriendo para el bando de los padres. Ni una vez pitó pasos y eso que juraría a ver visto a alguna madre coger el balón de baloncesto y salir corriendo al más puro estilo rugby. Bueno y el que no corría, emulaba a LeBron James con los pasos... ay! los pasos de salida, ese gran desconocido del baloncesto, jajajaja.  

 

Entre los pasos, los dobles y la táctica futbolera de los padres, el partido fue de todo menos partido. Y es que el estado físico de algunos dejaba un poco que desear y no había más remedio que jugar con uno de libero, sin subir a atacar, y otro en permanente fuera de juego... los otros tres que corrían (poco, eso sí) eran los sufridores. Al final, y como siempre sucede en estos casos, el resultado fue lo de menos. A risas hubo empate.

 

Y tras el partido tocaba ducha, pero claro una ducha global. De salir mojado nadie se libró; las peques no respetaron a los padres o la autoridad de la entrenadora y todos pasaron religiosamente por el ritual del agua. La pista dejó de ser una cancha de baloncesto para convertirse en una piscina de waterpolo.

 

 

 

Luego llegó el momento más deseado por los padres (y leitmotiv del día): la cervecita y la comilona. Un final fantástico para una jornada genial de la que hacen más fuerte el grupo y la que todos recuerda.

 

Si no fuera por estos momentos...