Vaya por delante que de fútbol entiendo bien poquito y del Valencia CF aún menos. Sin embargo, esta semana pasada me llamó la atención el despido de Ronald Koeman y el posterior aluvión de críticas de los jugadores del Valencia. Una situación que me hizo recordar el año de que cogí por primera vez a un equipo femenino.
Con todos los matices del mundo que implica comparar mi situación con la del holandés, me resulta fácil comprender lo complicado y frustrante que debe ser llevar un vestuario donde muchos te critican y la mayoría no confía en tu capacidad para entrenar.
No se trata de autoridad, tampoco de jerarquía, simplemente, es una cuestión de respeto. Yo siempre creo y respeto las posibilidades de los jugadores, por lo tanto también pido que me crean y me respeten como entrenador.
Bajo este sencillo principio comencé aquel año, sin embargo pronto vi que no iba a ser fácil. En el equipo sólo dos o tres jugadoras me conocían, mientras que el resto seguramente no sabía ni de mi existencia, con lo que era más difícil de romper el hielo. Y ya el primer partido el hielo se convirtió en un iceberg.
Perdiendo de tres puntos, posesión y 15 segundos para el termino del partido. Quise jugar dos ataques. La idea era sacar y en cuatro o cinco segundos (era un saque desde su línea de tres) anotar para forzar de inmediato una personal y, en unos seis o siete segundos, jugar otro ataque rápido pues aún tenía tiempos muertos.
La idea no pareció entusiasmar al equipo, decían que "en baloncesto femenino no se pueden hacer dos ataques en 15 segundos" así que cambie el planning y nos lo jugamos a un único triple. No entró y perdimos.
Aquel partido tuvo dos consecuencias directas: la primera es que algunas ya empezaron a tomarme por una especie de visionario que todo lo que hacía estaba relacionado con lo que veía en ACB o NBA y que no tenía sentido en aquel equipo. La segunda fue más jodida porque comencé a cambiar y la confianza en lo que hacía flaqueó.
Desde la experiencia que dan los años, hoy me hubiera impuesto, pues desde aquel día ya todo fue cuesta arriba a pesar de que el equipo ganaba partidos. No sólo se cuestionaban aspectos técnicos o tácticos sino también la propia dirección de equipo. En diciembre quise aprovechar al parón de navidades para conocer la opinión personal de cada una a través de reuniones individuales. Quería ver cómo mejorar el juego individual y colectivo del equipo, pero las jugadoras se lo tomaron a broma. Yo cedía en sus pretensiones y ellas no; a mitad de temporada ya sabía que no iba a continuar. Fríamente el año fue bueno, encadenamos varias rachas de victorias, estuvimos en puesto de ascenso a Nacional muchas jornadas y sólo se esfumaron estas opciones a falta de dos jornada cuando perdimos con las últimas.
Aquel día, literalmente me quería morir. Sentí vergüenza propia. No había sabido transmitir nada al equipo. El día siguiente reuní al equipo durante hora y media y saqué todo lo que me había callado.
En noviembre fueron ellas las que me dijeron lo que pensaba; los meses siguientes me enteré de muchas críticas, pero aquel día el que criticó fui yo. Pasamos los dos entrenadores un año jodido (creo que fue la única vez que he sentido que el baloncesto no era divertido) y en lugar de apoyar a técnicos primerizos que cogíamos al equipo porque nadie les quería entrenar, muchas veces lo que hicieron es minar nuestra confianza. Por si fuera poco, como Koeman, también tuvimos en contra nuestra a los pesos pesados del equipo (sí como Cañizares o Albelda) y aunque sé que había gente que nos apoyaba es difícil que otras jugadoras salgan a apoyarte discrepando de las jugadoras más veteranas. Lo entiendo, los entrenadores van y vienen pero las compañeras deben estar unidas.
De aquel año aprendí muchas cosas, la primera, y más importante, es que un entrenador deber creer por encima de todo en con sus ideas y forma de ser (quizás me falte "poner los huevos sobre la mesa" como me dijeron muchos aquel año). Sigo anteponiendo el intentar ser más amigo que entrenador de los jugadores y mi forma de dirigir continúa siendo peculiar, pero al menos ahora tengo la conciencia bien tranquila de hacer las cosas que quiero y en las que creo. Como dijo Koeman cuando se marchó del Valencia, aquel año "gané una experiencia pero perdí una ilusión".
Por cierto, no fue todo malo aquel año, de aquel equipo conservo la amistad de algunas jugadoras y al final esto es lo que cuenta cuando no hay dinero ni títulos de por medio.


